APROXIMACIÓN CRÍTICA A LA VIOLENCIA ESCOLAR COMO EXTENSIÓN Y EXPRESIÓN DE LA VIOLENCIA DEL SISTEMA

Chairs are seen through a broken window at the Garissa University College in Garissa

“’¿Qué clase de hombre será justo?’ y ‘¿Cómo puede surgir el Estado justo?’. Estas preguntas se plantean y se contestan juntas, y esto no es accidental. Cuando Platón […] considera la corrupción del Estado y del alma, los examina como si estuvieran mutuamente implicados […] el hombre justo existirá difícilmente, excepto en el Estado justo. Pero el Estado justo no puede existir en ninguna parte, excepto donde haya hombres justos. Por lo tanto, el problema de la posibilidad de la aparición del Estado y el problema de la educación del hombre justo tienen que ser planteados simultáneamente”.

Alasdair MacIntyre

I

Ashley Montagu, en un texto titulado El mito de la violencia humana, haciéndose eco de las preguntas realizadas por muchos a lo largo de la historia, plantea las siguientes interrogantes:

¿Por qué está el mundo tan lleno de agresividad? ¿Por qué son tan frecuentes la hostilidad y la crueldad entre los seres humanos? ¿Por qué se amenazan entre sí las naciones con el exterminio nuclear? ¿Por qué aumenta la delincuencia prácticamente en todas partes?[1]

Resulta muy difícil, aún más en un contexto como el de México, en donde la sociedad ha tenido que habituarse, muy a su pesar, a la violencia cotidiana, creciente en todos los estratos, a todos los niveles, no hacerse eco a la vez de esas preguntas, y no sólo intentar responderlas, sino hacer propuestas encaminadas a solucionar de raíz aquello que las origina.

Tal y como lo constata José Luis Vera Cortés, tanto el término violencia como sus efectos se han vuelto parte de la cotidianidad. Ocupa todos los territorios, y no por ello deja de ser preocupante:

Parece estar presente en los más recónditos espacios que conforman nuestra individualidad, nuestros más profundos sentimientos, los espacios de lo público y lo privado, el espacio de las relaciones laborales, de las relaciones entre las naciones, el ámbito de lo familiar, entre otros.[2]

El contexto escolar no queda abstraído de esta problemática: el flagelo de la violencia hace mella en todos los actores que están involucrados en el proceso educativo, también en todos los niveles. Desde el nivel preescolar hasta el nivel universitario alumnos, padres de familia, profesores, directivos y personal administrativo son víctimas o agentes de una violencia cuyas causas, si bien son múltiples, reflejan sin duda esa violencia que aflige a la vez a toda la sociedad, dificultando y en ocasiones incluso impidiendo el supremo objetivo de la educación: dotar a los sujetos de las herramientas necesarias para alcanzar una existencia vivida con dignidad, construyendo y fortaleciendo al mismo tiempo los lazos establecidos en una sociedad.

Para aproximarnos al fenómeno de la violencia escolar, debemos antes intentar esclarecer el sentido general del concepto de violencia. ¿Qué debemos entender por violencia? ¿Y qué por violencia escolar?

Para el filósofo español José Sanmartín, especialista en el tema, y no precisamente ubicado en una perspectiva crítica[3], es necesario antes de cualquier otra cosa distinguir entre la agresividad y la violencia, para evitar desde el inicio confusiones perjudiciales. Sostiene que:

La agresividad es una conducta innata que se despliega de manera automática ante determinados estímulos y que, asimismo, cesa ante la presencia de inhibidores muy específicos. Es biología pura.

La violencia es agresividad, sí, pero agresividad alterada, principalmente por la acción de factores socioculturales que le quitan el carácter automático y la vuelven una conducta intencional y dañina […] En definitiva, en la violencia, la biología prácticamente desaparece bajo el peso del ambiente.[4]

La violencia, conducta intencional y dañina, no se entiende entonces desprendida del contexto sociocultural, no se entiende desde una postura reduccionista que apele sólo a causas localizables en el individuo.

Se deben distinguir, para empezar, dos modalidades de la violencia: activa y pasiva, es decir, violencia por acción, en el primer caso, o por inacción u omisión, en el segundo. Esta última puede recibir también el nombre de negligencia. Para empezar a ubicarnos en el terreno que nos ocupa: en el contexto escolar alguno de los agentes (alumnos, profesores, padres de familia, etc.) puede, por ejemplo, golpear o humillar a otro u otros, pero también puede descuidar sus responsabilidades, no hacer nada ante la violación de los derechos de los demás, etc., y aquí también estaríamos ante un caso legítimo de violencia.

Pero el complejo fenómeno de la violencia, para mayor precisión, puede clasificarse también de otras formas: “es posible catalogar la violencia según el tipo de víctima, el tipo de agresor, el daño causado o según el escenario (el contexto) en el que ocurre”[5].

Atendiendo a esta categorización podemos situarnos, para empezar, en la violencia según el contexto en el que ocurre, y tenemos así deslindada a la violencia escolar de otros tipos de violencia.

De este modo podemos elaborar una primera definición de violencia escolar: La violencia escolar sería, así, la conducta intencional y dañina, ejercida activa y/o pasivamente por alguno de los actores que conforman el contexto escolar (profesores, alumnos, directivos, padres de familia, trabajadores administrativos, etc.) hacia otros actores de la misma índole, causando esta violencia, en las víctimas, perjuicio físico, psíquico, moral y legal en el espacio institucional compartido por ellos (que no debe entenderse sólo como el espacio físico en el que se asientan las actividades escolares).

No debe entenderse la violencia escolar, bajo ninguna razón, como siendo ejercida sólo entre los pares (por ejemplo, exclusivamente entre los alumnos, o entre los profesores). Como señala Sanmartín, en la escuela hay violencia cruzada entre profesores y alumnos, no sólo entre el grupo de estudiantes, pero, añadiríamos nosotros, también entre los otros actores que participan en el proceso educativo. Situar la violencia sólo en cierto sector impide atender de modo abarcador y eficiente las múltiples causas que la originan: por ejemplo, los muchos casos de abuso de autoridad que siembran la semilla del resentimiento y la posibilidad del ejercicio, en una espiral creciente, de violencia ulterior.

Y, sin embargo, debemos constatar que la violencia escolar entre alumnos está alcanzando, en la sociedad occidental, índices sumamente preocupantes. No se manifiesta de manera unitaria:

Adopta diversas formas que van desde la pelea hasta la exclusión, pasando por malas miradas, insultos y otros agravios. Habitualmente es ocasional.

A veces, sin embargo, la violencia escolar entre alumnos es perpetrada por un agresor más fuerte que la víctima (o, al menos, la víctima así lo percibe o cree) […] Y no sólo esto, sino que además se reitera con un marcado carácter intimidatorio. Cuando tal cosa sucede [y sólo cuando tal cosa sucede, enfatizaríamos nosotros] hablamos de acoso escolar (en inglés, bullying).[6]

Como podemos ver, la violencia escolar no se reduce exclusivamente al acoso escolar, no debe confundirse con éste –aún cuando sea urgente atender los casos de acoso escolar. No es acertado hacerlo, en términos conceptuales, ni mucho menos partir de esa confusión para llevar adelante cualquier intento de diagnóstico, prevención y atención de la violencia escolar.

Partiendo de estas reflexiones, nos parece indispensable hacer un trabajo de definición del fenómeno que nos ocupa, llegando a las siguientes consideraciones:

  1. No tiene sentido usar un término como el de “bullying”, adaptado a nuestra lengua, puesto que es intraducible al español y la inserción del anglicismo crea más dificultades de las que resuelve;
  2. Todavía más importante: optar por este término oscurece el carácter complejo de dicho fenómeno, reduciéndolo a lo que sucede entre pares, las más de las veces haciendo referencia a los alumnos. Sería por ello un término ideológico que tiene la función de oscurecer o distorsionar las características del fenómeno que nos ocupa. En cambio un término compuesto como el de violencia escolar permite, en primer lugar, asociar ese mismo fenómeno con otras formas de violencia que se viven en otros sectores de la sociedad, distintos al ámbito puramente educativo (violencia familiar, violencia social, violencia institucional, violencia laboral, violencia económica, violencia mediática, etc.), y no vinculándolos gratuitamente, sino intentando encontrar los nexos reales que existen entre todas esas formas de violencia. Pero además este término nos permite dar cuenta de que la violencia no ocurre sólo entre los pares, sino también entre otros agentes inmersos en el proceso educativo: autoridades de todos los niveles, maestros, padres de familia, trabajadores, etc.

Ante ello es prioritario adoptar una orientación preeminentemente dirigida a la reflexión sobre las causas de la violencia escolar, sin aislarla, individualizarla o psicologizarla, así como hacia la sensibilización de todos los actores que forman parte del proceso educativo. Y no, como es usual, partir de una perspectiva punitiva, normalizante o disciplinaria.

II

Consideramos indispensable la crítica y autocrítica en todos los órdenes de la vida social, evitando individualizar el fenómeno de la violencia escolar, pero evitando también reducirlo, como sucede en muchas aproximaciones, a lo que sucede en el ámbito cerrado de la familia, como si toda la estructura social e institucional no estuviera también comprometida.

Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en el siguiente enlace: http://psicoletra.blogspot.mx/2013/08/violencia-escolar-y-bullying.html, en donde se señala que la violencia escolar debe resolverse, principalmente, fuera de la escuela, pues es un problema gestado en la familia. Esta concepción, aparentemente crítica de la representación habitual de la fenomenología de la violencia escolar (aquella que sostiene que la realización y las causas situadas detrás de los casos de violencia escolar deben encontrarse siempre en el hecho concreto y en los individuos que intervienen en él, es decir, o en el plano acotado de las interrelaciones en las que se sitúa el fenómeno de violencia, o, de modo aún más reducido, en alguna causa identificable en “la mente” o el cuerpo sobre todo de quien genera violencia), es tan ideológica como la que pretende cuestionar. La violencia escolar tampoco se gesta sólo en la familia. La familia se ha convertido en el excusado (en el sentido de retrete y de excusa) del sistema. Por ello tenemos por un lado a las familias llenas de culpas, aun cuando vivan en la miseria económica, cultural, etc., o en una dinámica de vida, producción y consumo que aliena a los sujetos de la captación de las condiciones que determinan sus existencias, pensamientos, valores, representaciones del mundo y modos de responder, y por el otro a un sistema violento, que despoja violentamente a los individuos y a las familias de la posibilidad de una existencia vivida con dignidad, pero muy satisfecho repartiendo responsabilidades en los mismos individuos y familias. Señalar sólo a las familias implica perpetuar el abordaje ideológico del fenómeno de la violencia escolar. Ciertas posturas familiaristas, como la que ejemplifica dicho documento, pretenden reducir todo el campo de la experiencia a las relaciones tempranas del sujeto con el medio más cercano, el familiar, o el que haga las veces del mismo. Desde una perspectiva así el medio familiar tendría un carácter absolutamente determinante, abstrayéndolo por completo de la realidad en un sentido más amplio. Y es a través de una operación como esta que la violencia escolar se remite exclusivamente a lo que acontece en el medio familiar o, siendo más precisos, a lo que falla en el mismo, oscureciendo al mismo tiempo lo que falla en las instituciones y en la sociedad.

Así como no se trata de negar totalmente los elementos individuales involucrados en el fenómeno de la violencia en general, y en particular de la escolar, tampoco negaríamos la posible incidencia de las relaciones familiares en los modos en los que la violencia escolar se lleva a cabo, pero es un error responsabilizarla por completo. Sería más adecuado decir que la violencia escolar no se genera sólo ni principalmente en la familia. La familia ha sido un instrumento primordial para la transmisión de ideologías, es decir, de valores, de creencias, de formas de conducta, de modos de expresión, de modos de relación, de formas de representarse el mundo –lo mismo, por cierto, que la escuela. Ninguno de estos tiene su origen exclusivo en la familia, ni tampoco en la “situación social-diádica” con la madre, tal y como es designada la relación temprana del niño con la madre desde algunas perspectivas psicológicas y psicoanalíticas (término que además de redundante es reductor de la experiencia misma). Se transmiten por esas vías, pero no encuentran su fundamento ahí. Esas vías son condición de transmisión, y quizá también de modificación y transformación de los contenidos, pero no el lugar en el que éstos aparecen. La coincidencia de los fenómenos de violencia escolar en la sociedad actual, en el país y en el mundo, coincidencia en el espacio, en el tiempo y en las formas, permite ver que no se reducen de ningún modo a una mera manifestación producto de la experiencia familiar. Si así fuera el fenómeno mismo tendría un carácter claramente aleatorio, es decir, guardaría diferencias correspondientes a los ámbitos distintos en los que se produce, y no uno tan rígidamente codificado. Su reproducción y extensión social tampoco podría entenderse a partir de esas premisas idealistas e individualistas. Se pone todo de ese modo, como dirían algunos clásicos, de cabeza.

Diferentes perspectivas críticas, situadas en distintos campos disciplinares, y cada una a su modo (que ciertamente no es completamente compatible con el de otras), señalan dicha función de la familia en la transmisión de ideologías, o su papel normalizante y disciplinario dentro de un contexto mucho más amplio. Ahí están los estudios marxistas, feministas, las psicologías críticas y libertarias, Foucault, los antiedipos, etc. La madre, desde ciertas vertientes feministas, por ejemplo, es justo quien transmite y reproduce los prejuicios de género que posibilitan ulteriormente la reproducción de la violencia sobre la mujer misma. Los transmite, no los produce. Éstos no se entienden fuera de un contexto social, económico, histórico, ideológico, etc. específico. Luego de cincuenta años de estructuralismo y postestructuralismo, de más de cien años de marxismos, de otros tantos de feminismos, es curioso que, ante un fenómeno como el de la violencia escolar, regresemos a intentar dar cuenta de la realidad a partir de los idealismos más ingenuos: la psicología hegemónica juega un papel clave en ello. La psicología, a la que se le pueden cuestionar muchas cosas, menos su eficacia ideológica y técnica, se ha revelado con todo su alcance en los últimos años, mostrando a la vez que ya no son necesarios los psicólogos para que la psicología opere y actúe en la sociedad: su inserción en la misma ha producido una serie masiva de comentarios aberrantes sobre, por ejemplo, los niños que hace dos años, “jugando al secuestro”, torturaron, mutilaron, asesinaron y desaparecieron el cuerpo de otro niño, de apenas seis años de edad (puede leerse aquí), o recientemente sobre el joven de Monterrey que disparó en contra de sus compañeros y de su maestra (puede leerse aquí). Dichos comentarios, emitidos por la llamada “opinión pública”, secundados por expertos de distintas disciplinas, tienden casi invariablemente a individualizar el problema, remitiéndolo generalmente a problemas individuales presentados bajo la forma de distintas psicopatologías, o a factores ubicados en el seno de la dinámica familiar, o con suerte a un seno familiar “que no educa bien ni transmite valores positivos” (ver ejemplos de esas aproximaciones aquí), obviando la raíz de esas conductas de las que, increíblemente, no se nota su máxima inteligibilidad en el seno de un sistema económico y político opresivo, corrompido e injusto –la eficacia alienante de los discursos psicologistas se hace evidente en la increíble ceguera que no vincula, como pareciera natural, la violencia sistemática expresada en nuestra sociedad a través del secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición, con un juego de niños que calca sistemáticamente, paso a paso, tales estrategias de la muerte, o con intentos de ejecuciones a sangre fría de compañeros y maestros tan parecidos a las que ocurren todos los días en las calles del país. En análisis e intentos de explicación como estos, hechos tanto por expertos como por legos, se muestra la eficacia y finalidad última de la psicología, que puede trabajar ya sin psicólogos de por medio; la buena noticia es que quizá pronto ya no sean necesarios, la mala, que no lo serán porque todos llevaremos un psicólogo dentro: psicologizar los problemas sociales, patologizar y normalizar, disciplinar, potenciar lo que potencia al sistema, despotenciar lo que lo debilita, y sobreponer un velo ideológico que no permite ver la raíz de los conflictos. Pero no sólo la psicología: algunas formas prácticas y teóricas del psicoanálisis, por ejemplo, son responsables de edipizar todo lo habido y por haber (la posibilidad misma del psicoanálisis, de uno que busque evitar esas formas que tan bien se ajustan al sistema, depende del abandono de categorías que no cuestionan las apariencias de la experiencia ingenua).

Ante estos hechos de violencia grave vemos aparecer asomos de crítica al sistema económico y a la industria cultural: se responsabiliza de aquéllos, por ejemplo, a factores tales como el cine, la televisión, la música, los videojuegos, las redes sociales, etc. Luego de ocurrida la tragedia en Monterrey, la vocería oficial del aparato de seguridad estatal responsabilizó inmediatamente a la familia, en primer lugar, por sus descuidos y omisiones, y también a las redes sociales (las declaraciones, aquí) . En tragedias semejantes ocurridas en otras partes del mundo los chivos expiatorios han sido la televisión, el cine, los videojuegos violentos, la música, etc. Si bien la crítica de la industria cultural como mecanismo reproductor de ideologías es necesaria, resulta insuficiente si no se apunta al carácter sintomático, no excepcional, de los hechos de violencia que se reproducen en diferentes escenarios de la sociedad, entre ellos las escuelas. Cuando se hacen estos cuestionamientos a la industria cultural no necesariamente se apunta a eso: se aísla su posible influencia del lugar estratégico que dicha industria ocupa en un sistema económico-político determinado, el capitalismo moderno, salvaje, de hiperproducción e hiperconsumo, y por tanto también de hiperexplotación e hiperdesecho, y la función de normalización de una violencia que le es consustancial al sistema mismo, sin la cual no podría funcionar y sostenerse. La imitación de la violencia que se trasmite a través de estos medios no calca sólo contenidos específicos: reproduce a la perfección la violencia misma del sistema. Por ello, cuando se señala que quienes actúan influidos por los medios no son capaces de distinguir la ficción de la realidad, se olvida que, en nuestra sociedad, no hay en sí ninguna realidad pacífica que pueda ser distinguida de una ficción violenta: la realidad es tan violenta como los trágicos actos que tienen lugar en espacios acotados y heterogéneos de nuestro entorno.

Los hechos referidos, y otros, tienen lugar en un país en el que el capitalismo global se ha asentado bajo sus formas más salvajes y violentas. Y tienen lugar en un país en el que las instituciones están al servicio de la violencia, simbólica y real: violencia de los derechos elementales de los ciudadanos, de los cuerpos, de la satisfacción de sus necesidades y de sus legítimas aspiraciones. En un país cada vez más militarizado y paramilitarizado. Y cada vez más colonizado económica e ideológicamente por la todavía gran potencia imperial de nuestros tiempos: quizá no sea casualidad que un hecho como el que sucedió en el Colegio Americano del Noreste, a su vez repetición de lo que se ha convertido en actos recurrentes en las escuelas norteamericanas, haya ocurrido precisamente en el norte del país, la zona más próspera, el baluarte del capitalismo nacional, así como una de las más cercanas geográfica e ideológicamente a los Estados Unidos.

Ante esta realidad, ciertos rodeos son necesarios si queremos evitar las simplificaciones. Hablamos de posturas idealistas: refugiarse en la experiencia particular, como se hace habitualmente cuando tanto legos como expertos intentan responder a estas problemáticas, es caer de lleno en el más peligroso de los solipsismos. “Yo tengo mi experiencia (como maestro, como psicólogo, como médico, como funcionario público, como padre de familia, etc.), y mi experiencia me dice que la realidad es de este modo. Tú no la tienes, entonces no sabes cómo es la realidad. Mi experiencia de la realidad equivale a la realidad misma”. Resulta, por supuesto, muy arbitrario e injusto prejuzgar sobre las experiencias de otros. El intento de comprensión de la realidad es posible sólo a partir de la escucha abierta de las múltiples experiencias que se tienen sobre problemas específicos, de la reflexión rigurosa sobre los mismos y de su crítica desde una perspectiva fundada en distintas aproximaciones teóricas y de investigación. De las experiencias de los distintos profesionales, desde diferentes perspectivas, sí (economistas, sociólogos, filósofos, políticos, pedagogos, militantes y activistas, psicólogos y psicoanalistas), pero principalmente de la escucha y participación de los involucrados en dichos problemas, es decir, de todos y cada uno de nosotros, seamos profesionales, expertos, académicos, o no. Y, al mismo tiempo, de la crítica y la reflexión conceptual seria y rigurosa sobre esas experiencias, la misma que nos permite, a la vez, denunciar la ideología e intentar comprender lo que está detrás de nuestra oscura y violenta realidad.

Referencias:

[1] Ashley Montagu; El mito de la violencia humana; publicado en El País, 14 de agosto de 1983. En línea en: http://elpais.com/diario/1983/08/14/opinion/429660013_850215.html.

[2] José Luis Vera Cortés (2006);  Laberintos y taxonomías de la violencia; en ¿Qué es esa cosa llamada violencia? En línea en: http://www.ocse.org.mx/pdf/53_quees.pdf; pág. 5.

[3] Los autores revisados en esta primera parte fueron seleccionados, precisamente, por no tener una filiación con alguna perspectiva crítica, con el propósito de mostrar cómo incluso ellos consideran necesario señalar, en el fenómeno de la violencia, y de la violencia escolar, determinaciones de carácter social y cultural, y no sólo individuales o familiares.

[4] José Sanmartín (2006); ¿Qué es esa cosa llamada violencia?; ibíd., pág. 11.

[5] Ibidem.

[6] Ibíd., pág. 14.

Snowpiercer, o la desbocada carrera del progreso hacia la destrucción absoluta

Por si hiciera falta aclarar lo que resulta evidente de manera tan ostensible, Bong Joon-ho ha declarado que su última obra “es una película sobre el capitalismo”, y una hecha desde una óptica que tiene la vista bien puesta en el marxismo y en otras formas de radicalismo político.

Resulta complicado hablar de alegorías o metáforas: si en la extraordinaria “Memories of Murder”, narrando una serie de asesinatos seriales había echado mano de una muy sutil crítica política y social, marcando sin énfasis el carácter simbólico de parteaguas de tales crímenes para la sociedad sudcoreana; si en la igualmente buena “The Host” amalgama el lenguaje del cine de acción hollywoodense con el del clásico cine de monstruos oriental, jugando con ambos, cuestionando así la monstruosa simbiosis que el capitalismo ha producido en la sociedad oriental; ahora, en “Snowpiercer” lleva la crítica al sistema capitalista al primer plano.

Las obviedades se muestran a lo largo de la película, lo que es decir a lo largo de la historia, a lo largo de los personajes, de las situaciones y a lo largo del tren en el que todo ello está situado. Las medidas tomadas por los gobiernos para disminuir el calentamiento global terminan en desastre: todo se congela, la vida muere en el planeta, y sólo sobrevive en un tren-arca que le da la vuelta al mundo sin parar con precisión y velocidad constantes. Ahí, lo que queda de la humanidad es repartido en distintos vagones: los miserables, en el último vagón; la mente maestra, el Amo, en la punta, y en medio tanto los afortunados, que pueden seguir llevando una existencia cómoda, como los que les sirven: soldados, maestros, cocineros, etc.

La primera mitad de la película muy bien podría satisfacer a los temperamentos revolucionarios marxistas: la necesidad imperiosa de la revolución ante un sistema evidentemente injusto, la necesidad también de la estrategia y la organización, no para modificar el sistema, sino para apoderarse del sistema mismo y de lo que lo hace posible, la disposición al sacrificio. El final, me parece, ya no: la revolución se demuestra inservible —además de manipulada por las mismas fuerzas contra las cuales los oprimidos se levantan—, pues en todo caso se reduciría a cambiar ciertos roles en una máquina cruel, que demanda vidas, es decir, muertes, para poder seguir funcionando, por lo que parece cerrar el camino a cualquier posibilidad de cambio radical. Pero quizá pudiera complacer más a otras sensibilidades radicales, como a ciertos anarquistas, optimistas como son: si es posible una salida, es destruyendo hasta sus últimos fundamentos al sistema, confiando en que, al hacerlo, unos cuantos, justo los otros, los no-blancos, los no-occidentales, podrán sobrevivir y empezar la historia de nuevo.

Lo cierto es que la película, y su final, parece sugerir fuertemente que la cosa ya se jodió, que hemos llegado a un punto de no retorno, en el que no hay marcha atrás; que la “locomotora del progreso” sólo puede ir de frente, sin parar, siendo siempre la misma, o descarrilarse por una revolución que, fuerza locomotriz de la historia como decía Marx, locomotora de la locomotora, en la película, sólo tiene como salida la destrucción total de la institucionalidad humana, destruyendo con ello al hombre mismo. Autodestruyéndose.

Como sea, cinematográficamente es excepcional. Mucho mejor, por ejemplo, que las Matrix (que juegan con los mismos temas). No sé si el mundo humano (y el de otras especies, con él) ya se jodió. A veces, muchas, cada vez más, pienso que sí. Pero de lo que no me queda duda es de que los coreanos del sur están haciendo el mejor cine de nuestros tiempos. Y Bong Joon-ho tiene un lugar muy destacado ahí.

Post Tenebras Lux: la sublimidad en el medio decir

(Reseña escrita después del estreno de la película, en el Festival de Cine de Morelia, en el año 2012).

Si se viera Post Tenebras Lux, el último largometraje del director mexicano Carlos Reygadas, hasta la primera mitad de la película, parecería que estamos en presencia de su obra más lograda —la secuencia onírica del inicio es apabullante (si Christopher Nolan quisiera aprender cómo llevar a la pantalla los sueños debería verla, y volver a Buñuel, Bergman, Kurosawa y Lynch). Logra en esos primeros minutos una mezcla imposible de naturalismo y simbolismo: el tono documental se hace evidente, como siempre, sobre todo a partir de las actuaciones de quienes no son actores, de las situaciones que de tan cotidianas por momentos hacen olvidar su naturaleza proyectada en una pantalla, como si estuviéramos en presencia de los cuerpos vivos, terceros mudos —o primeras personas que fácilmente pueden identificarse con la intimidad de los personajes: con la ternura del ser del niño, del amor de los padres; con las tensiones burguesas de la vida de pareja; con la miseria de los desposeídos y el ridículo snob de los poseedores. Hay, en el contraste evidente entre ambos mundos, una crítica social nunca tan explícita, nunca tan lograda en su filmografía, una verdadera disección sin complacencias de los usos y costumbres de grupos sociales que de tan diferentes parecieran estar forjados en distintas naturalezas (no tiene desperdicio la escena de la suntuosa fiesta familiar; sus diálogos —la abuela dando sobres de dinero a los nietos, deseándoles, de todo corazón, con todo su amor, el mejor de los futuros: ser empresarios-). Exploración de la violencia, tanto de la reivindicativa del hombre de campo como de la aparentemente gratuita del privilegiado —a cada quien su pathos. De los caminos insaciables del deseo: el consumo compulsivo de pornografía del hombre moderno, la búsqueda de la tensión del placer en refinamientos que se epitomizan en recintos orgiásticos cuyo mote nombra elocuentemente la decadencia de la civilización occidental (“sala Hegel”, “sala Duchamp”): salones de baño sauna poblados de hombres y mujeres cuya lubricidad un tanto grotesca parece salpicarnos desde la pantalla con su sudor.

Junto con este naturalismo, la película parece, a la vez, aludir todo el tiempo a otra cosa de cualidad innombrable: para empezar el uso de una lente deformante produce una curiosa anamorfosis en varios de los planos, distorsionando el marco, dejando enfocado sólo el centro, dando la impresión de que esos márgenes encierran un misterio ominoso cuya solución se cumpliría al pasar al centro —por supuesto, eso no sucede: lo extraño, al enfocarse, sólo deviene un pedazo más de lo familiar. Pocas veces una película, formalmente, plasma con tanta elocuencia la mirada acosadora, sartriano-lacaniana, en la que se juega la verdad del sujeto. El trabajo de edición, la yuxtaposición de escenas e historias contribuyen también a ese medio decir que rebasa, desborda al significado por todos lados. Y ni qué decir del diablo fluorescente, equipado con una caja de herramientas —¿el carácter irreductible del mal?

Pero en la última hora algo pasa: por vez primera sus largas secuencias resultaron cansadas; hermosas y poéticas —sublimes, en el sentido kantiano-, sí, pero con cierto aire de gratuidad que no recuerdo en sus películas anteriores. Como si algo sobrara, como si, tal y como recomendaba Flaubert, hubiera sido necesario en la última parte quitar más que poner. No importa tanto, sino en relación a su propia obra, pues esa fallida última parte sigue estando muy por encima de la filmografía completa de muchos cineastas mexicanos.

Al final de la proyección hubo oportunidad de preguntar al director, oportunidad abierta por él mismo al inicio del evento. Hubiera sido mejor no abrir ese espacio: Reygadas parecía un tanto fastidiado, un tanto hasta la madre, respondiendo cualquier cosa. Alguien preguntó por el uso de ese lente deformado: sólo dijo que lo hizo por que quiso. Alguien más por el sentido oscuro y por la inclusión un tanto anárquica de algunas escenas: respondió del mismo modo, “así lo quise hacer, no significa nada en especial, para mí una escena vale y significa tanto como cualquiera otra de la misma película”. No sé, por supuesto, si eso es lo que sinceramente piensa Reygadas —no lo creo. Si así fuera, entonces las escenas violentas valen lo mismo que las tiernas, etc. —la película queda banalizada de parte a parte. Y peor: él insiste en que no ve diferencia alguna entre el cine y la realidad, de ahí el tono documental, el uso de no-actores. Si esto es así, la banalización, entonces, terminaría por alcanzar a la misma realidad (curiosamente su aparente mal humor se matizó cuando algunos se desvivieron en elogios).

En algunas entrevistas ha manifestado su desacuerdo con la tendencia de la prensa y de otros a racionalizar sus obras: es inevitable hacerlo, y creo que, en el fondo, él está consciente de ello. Entiendo su apuesta por un cine que sobre todo se sienta, de ser posible en carne viva. Pero es indudable que una aguda inteligencia recorre todo su proceso de creación. Mejor para nosotros apreciarla, que ya bastante tenemos de las sordas, ciegas y violentas sensaciones que la realidad todos los días nos da. Porque de todos modos Reygadas sigue ofreciéndonos con cada película suya motivos para el asombro.

Bob Dylan, premio Nobel de literatura

bob-dylanLas raíces de la literatura y de la poesía se encuentran en expresiones orales, acompasadas, con ritmo, melodía, aliteraciones, etc., y muchas veces acompañadas de instrumentos musicales. La tragedia griega, en sus orígenes, era indisociable de la música y aparentemente de ciertos estilos de expresión cercanos al canto. Los primeros poetas, rapsodas, y no escritores, utilizaban la verbalización con un sentido muy musical. Sin ellos no conoceríamos obras fundamentales como la Ilíada y la Odisea, que sólo secundariamente se asentaron en soportes escritos.

Los soportes literarios más populares en la actualidad en realidad son muy recientes, en el contexto de la historia de los mismos géneros literarios. La novela, por ejemplo, que ahora suele identificarse como un género literario por excelencia, ha cobrado prestigio durante los últimos dos siglos, siendo que, durante cientos de años, fue un género menor, despreciado, prácticamente inexistente.

Así que el reconocimiento a Dylan parcialmente restituye a la poesía y a la literatura en el marco de esas raíces que, en tanto que tales, son principio pero también son fuente, o debieran seguir siéndolo.

La literatura se extiende en un horizonte que rebasa y desborda la contingencia histórica de la aparición del premio Nobel. Es mejor adoptar esa perspectiva: el premio Nobel, y los autores que han sido reconocidos con el mismo, no son mas que un momento en ese largo trayecto de creación literaria, tan viejo como la humanidad misma. Ver a la literatura a partir de la lente del Nobel es ver muy poco de ella.

Hay otros autores que merecerían ese premio, sin duda. Algunos vivos, otros que ya no lo podrán recibir. Dylan era uno de los que, desde hace varios años, yo pensaba que deberían recibirlo en algún momento. Pero si alguno no lo recibe, tampoco pasa nada. Joyce, Proust, Nabokov y Borges no son peores que nadie por no haberlo obtenido. Y Boccaccio, Cervantes, Quevedo, Shakespeare, Stendhal, Tolstoi, Dostoievski, Kafka, no necesitaron nunca de un premio para hacer su literatura. Incluso quizá el efecto del Nobel sea el opuesto del que se le supone: oscurece más de lo que alumbra. ¿Cuántos grandes escritores han quedado en la sombra, a causa de los reflectores que se arrojan sobre los que cada año reciben dicho premio, moviendo a la vez a toda la industria editorial y a su aparato de mercado?

La obra de Bob Dylan no carece de méritos. Decir que es sólo una estrella pop, un autor de canciones, es no conocerlo, no conocer su obra. Ciertamente, no toda es pareja, pero la mayoría es grandiosa, en un sentido musical, pero también y sobre todo en un sentido poético. Con un pie muy firme en los tiempos que le tocó vivir, en la denuncia política y social, en los movimientos contestatarios de los que formó parte, en la tradición y costumbres rurales norteamericanas, en la observación aguda de la sociedad, de los hombres y mujeres, de sus vidas y sus pasiones, en el retrato al mismo tiempo vitriólico y empático de ellos, y con el otro bien asentado en una tradición poética que abiertamente reconoce le influyó para escribir, y que abarca de Whitman a Rimbaud, de Keats a Dylan Thomas, de quien tomó el nombre.

De esta manera, y como todo gran artista, supo reflejar los miedos e insatisfacciones, pero también los deseos de sus contemporáneos. Y lo hizo en un lenguaje que formalmente no parecería accesible a todos, y que sin embargo lo fue. Con ello logró tender un puente entre una supuesta alta cultura, y las formas culturales populares. Su obra, y la de otros contemporáneos suyos, fue uno de esos acontecimientos que logran, desde dentro de un sistema, resistir y desbordarlo.

Estoy seguro de que, a diferencia de algunos autores laureados, celebrados y mercantilizados en nuestro tiempo, su legado, musical, y sí, literario, perdurará, si la humanidad alcanza a perdurar junto con ella. Si no se abate sobre nosotros esa lluvia pesada que, a mediados de los años sesenta del siglo pasado, auguraba caería en cualquier momento para aplastar y borrar las culpas del hombre.

BATMAN V SUPERMAN, O EL NUEVO ROSTRO APABULLANTE DE LA BANALIDAD FASCISTA

 

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Es un ejercicio interesante apreciar la polarización que ha provocado un producto hollywoodense, la recién estrenada película Batman v Superman: Dawn of Justice, entre los críticos, por un lado, y los espectadores, por el otro. Mientras que las críticas son abrumadoramente negativas, la reacción de parte de los espectadores es de un apasionada defensa de lo que vieron en las salas cinematográficas. Hay ya un antecedente reciente a esto, pero en un sentido casi inverso: en el 2006 se decidió relanzar la franquicia cinematográfica de Superman, dándole continuidad a las películas clásicas protagonizadas por Christopher Reeve, por supuesto, con otros actores. La película finalmente obtuvo buenas reseñas de parte de la crítica y de la comunidad cinematográfica –Quentin Tarantino, en una entrevista realizada en el 2009, señalaba que en su “propio festival de Cannes”, uno privado en el que cada año escoge doce películas que no ha visto, él le hubiera dado el premio de mejor director a Bryan Singer[1]–,  pero no dejó satisfechos a los espectadores, quienes se quejaron de la duración, de la historia (por su laxa relación con los cómics) y de la falta de secuencias de acción. Este desfase entre crítica y recepción de los espectadores llevó al estudio de producción a cancelar el proyecto de una secuela, pues la recaudación fue de “sólo” 400 millones de dólares, y ellos esperaban recaudar por lo menos 500. Además, consideraban que para lograr esa meta quizá la película debió introducir más acción “para satisfacer a las audiencias masculinas”[2], las mismas audiencias que han convertido bodrios como Transformers y The Fast and the Furious en franquicias exitosísimas también en términos de recaudación.

Finalmente eso fue lo que sucedió en la nueva versión de Superman, Man of Steel, estrenada en 2013, con una nueva historia, otros actores, y bajo la dirección de Zack Snyder, caracterizado por haber dirigido antes películas ampulosas, con un cuidado grande por los aspectos visuales, más que por otros aspectos característicos también del dispositivo cinematográfico, como el argumento, los diálogos, la edición, etc. Anticipando lo que ahora sucede de manera exacerbada con Batman vs. Superman, la película obtuvo críticas mediocres, pero fue un éxito tremendo en términos monetarios, obteniendo casi 700 millones de dólares en taquillas[3].

Todo esto deja ver con claridad la sustitución creciente en la industria hollywoodense de la realización de un objeto cinematográfico como tal, con cierta aspiración estética, bajo una perspectiva de autor, aún bajo los cánones del cine más comercial, por criterios absolutamente mercantiles, en donde todo lo anterior se supedita a los mismos. Los objetos culturales son cuidadosamente manufacturados en función de sus perspectivas de redituabilidad, y no de los valores artísticos, estéticos, ideológicos que los creadores buscan depositar en ellos, a menos que la ideología sea la conveniente para este sistema.

La llamada “satisfacción de las audiencias masculinas” por medio de la cual se buscan esos cuantiosos réditos es algo que debería más bien avergonzar a los hombres caracterizados así, y que pinta de cuerpo entero a una industria que, en su costado políticamente correcto, se asume como plural, incluyente, feminista, gay, lesbiana, trans, queer, ecológica, vegana, etc. (curiosamente, nunca como anticapitalista), pero que en los hechos produce todo lo contrario.

De modo evidente esos criterios, dados tales antecedentes, terminaron por imponerse en la realización de Batman v Superman, dirigida también por Zack Snyder. Y, tal y como sucedió con Man of Steel, pero de modo todavía más patente, las reacciones se han dividido entre una crítica cinematográfica que de forma mayoritaria la reseña negativamente, y una recepción favorable y apasionada de los espectadores.

La mayoría de las críticas parecen atinadas, dirigidas a los aspectos cinematográficos que hacen de este producto uno muy deficiente[4]: la pobreza de la edición; un guión defectuoso, con elementos rayanos en lo absurdo: situaciones que parecen gratuitas, sin continuidad, o resueltas de cualquier manera; personajes unidimensionales, mal caracterizados en sus motivaciones; no ser más que un pastiche, fallido, de distintas referencias al mundo del cómic, con múltiples guiños a obras señeras dentro del género para complacer a los consumidores de los mismos, con un resultado al que difícilmente se le puede siquiera pensar como síntesis de nada.

Por el otro lado, las muy diversas defensas por parte de los espectadores apuntan, o a supuestas virtudes, ambiguas, de la película, como su “oscuridad” o su “profundidad”, incluso a su supuesta complejidad (sic); o a su relación con un medio, a un soporte distinto al cinematográfico, y por lo tanto con una lógica diferente: el cómic, en tanto que muchos elementos de éste aparecen en aquélla; o, finalmente, a una emocionalidad abierta e irracional como argumento que justifica a la película. En ninguno de esos casos atienden a los cuestionamientos que se le hacen propiamente desde el punto de vista cinematográfico. Es así como muchos de los defensores de la película, aparentemente expertos conocedores del mundo de los cómics, dejan ver en la defensa de la película (una defensa enardecida que evidencia una profunda identificación con un objeto exterior, como si ellos fuesen los creadores del mismo) un desconocimiento muy amplio de las características del llamado arte cinematográfico, suponiendo que la presencia de elementos del cómic justifica en sí misma a la película, más allá de lo lograda o no que pueda ser la adaptación de los mismos.

Sin embargo es la referida emocionalidad el elemento más destacado en este fenómeno, la misma que termina por mostrar toda su potencia aberrante en comentarios de defensa a la película en diversos foros en internet, como los siguientes[5]:

“Asquerosa crítica, se ve que no sabes nada de cómics, pelean como niños chiquitos? Pfffffffffffff parece que no entendiste bien la trama, en fin … Horrible crítica”; “si sabes del comic, quedas agusto con la película”; “Si de verdad lees comics, sabrias que esta es la mejor pelicula basada en comics junto con V for Vendetta, estoy hablando en cuestion visual y de storytelling. La tomas de Zack y Fong son iguales a como si estuvieras leyendo un comic”; “No hay reseña, solo un texto creado por un niño caprichoso que no quiere quedarse atrás”; “No mames pésima critica, esta película la neta estuvo bien pasado de verga”; “No mames, en una misma película ver una pelea entre Batman y Superman, además la aparición de la mujer maravilla, que te den adelantos sobre el argumento de la siguiente película, que te muestren a sus personajes, que además haya otra pelea y una muerte! Neta no sé qué pendejos espera puta gente infeliz”; “ERES UN PENDEJO COMO CRITICO”; “Otra mediocre critica, hecha por otro mediocre fan de marvel jajaja… los numeros hablan en taquilla, asi que si no saben nada de comics pues no vean la pelicula simple”; “que critico mas wey”; “DE SEGURO ERES UN PINCHE JOTO QUERIAS QUE SE BESARAN EN LA BOCA LOS NO SEAS IMBECIL ERES EL CLASICO MARICONCITO DE ESPECTACULOS”.

Se busca defender la película, de parte de los mismos espectadores, diciendo que se trata de una hecha para los fans, los mismos que se sienten por ello muy complacidos. Eso quizá debería hacerles pensar si no están siendo más bien muy complacientes con los productos que les venden (porque evidentemente detrás de la realización de la película no hay una intención filantrópica, sino descaradamente comercial: con Batman v Superman tenemos producto cuidadosamente diseñado para el consumo y la ganancia monetaria, y no para la creación de un objeto estéticamente admirable ni ideológicamente enriquecedor), y autocomplacientes, contentándose muy fácilmente con sus propios criterios de valoración de lo que consumen. Eso no ayuda ni a la producción de objetos culturales por lo menos artísticamente valorables, por el contrario, en los tiempos que corren son cada vez de peor calidad, ni mucho menos a las posibilidades de interpretación y reinterpretación del mundo y de sí mismos de parte de quienes se aproximan a ellos. En un empobrecimiento doble, la industria crea basura cuidadosamente diseñada, que satisface inmediatamente a los consumidores.

Por ello quizá lo más preocupante de todo esto no sea sólo el claro deterioro de las capacidades de apreciación estética, de valoración de los objetos culturales, sino la forma en la que un vehículo ideológico obtiene, sin ninguna clase de filtros de por medio, un asentimiento prácticamente total y absoluto de parte de los sujetos. Este poder apabullante de la película, sin resistencia de por medio de parte de los espectadores, resulta, en su mecanismo, un fenómeno muy semejante a lo que, ostensiblemente, los dispositivos de propaganda y manipulación producían en las personas, en los diversos regímenes autoritarios y fascistas del siglo pasado –y ciertamente, de manera más sutil, en los regímenes posteriores. No es tampoco tan casual: los llamados “superhéroes”, especialmente en los cómics, en buena medida también en el cine, han sido utilizados para transmitir la idea de la necesidad de una vigilancia e intervención que cuide, proteja y salve a la ciudadanía de amenazas externas, siendo estas generalmente los enemigos en turno del poder imperial occidental, llámense nazis, rusos, árabes, etc., ya presentados abiertamente así, ya bajo una forma sublimada como entidades monstruosas o alienígenas. Se transmiten así, también, diversos prejuicios políticos, de clase, de raza, de género, etc., muy semejantes a los expresados en los foros por quienes han salido a la defensa de la película. Incluso la obra referida en primer término, Superman Returns, fue cuestionada por las mismas razones en una crítica realizada por Haider Mehdi en un periódico pakistaní, acusando al personaje y a la película de ser meros vehículos para justificar ideológicamente las políticas fascistas de los Estados Unidos, autorizados así, ante la opinión pública, para invadir, ocupar y expoliar a otras naciones[6]. El talante fascista del cine de Zack Snyder es más evidente en los contenidos de otras películas dirigidas por él, como en 300 (a pesar de la rebuscada interpretación que de la misma hace Slavoj Žižek[7]), adaptación de un cómic del fascista inveterado Frank Miller (la cercanía artística entre ambos denota su cercanía ideológica); incluso en una aparente película animada, infantil, por tanto más cuestionable, como en Legend of the Guardians: The Owls of Ga’Hoole. En Batman v Superman ese contenido es más difuso, muy probablemente por el carácter defectuoso de la narrativa. De cualquier manera podemos encontrarlo, por ejemplo, en la imperecedera actitud de vigilante de Batman, quien en esta caracterización llega incluso a marcar a fuego a sus adversarios, “para que aprendan a respetar”; o en la confusa posición que se le hace ocupar a Superman, a quien vemos al inicio actuar implacablemente en contra de criminales, como siempre, extranjeros (¿árabes, africanos, rusos? No importa: en la retórica ideológica del cine todos ellos son equivalentes y por tanto intercambiables), sin ser capaz de discernir, a pesar de sus poderes sobrehumanos, que la maquinación procedía de las entrañas de su país adoptivo, y de actuar en consecuencia. Inflexible con unos, permisivo o abiertamente torpe con otros. Él mismo es visto como una amenaza al poderío estadounidense, cuando su lugar debería estar ahí, colaborando con ellos –ya se verá cómo se resuelve el dilema en las próximas películas; las alternativas parecen claras: o se aliena totalmente del imperio, lo cual parece improbable, aunque un arco argumental podría llevarlo provisionalmente a eso, o coopera plenamente con “la humanidad”, lo que implicaría, necesariamente, que esta humanidad transforme su estructura social actual. Ese es el impasse en el que continuamente está un personaje con las características de Superman: son tales sus cualidades que, él más que otros, siendo un extranjero absoluto, un “alien”, con virtudes incluso éticas por encima de los humanos, como se enfatiza todo el tiempo en los cómics y en todas las representaciones cinematográficas, él precisamente, en una lógica argumental de sentido común, debiera ser el más indicado para percatarse de que las injusticias en el mundo del hombre provienen de un sistema social y económico también injusto, y que entonces, acorde a su espíritu, sería él quien debiera ponerse a la cabeza de la lucha en contra del mismo –a menos que, a pesar de las apariencias, sea también superimbécil. Eso es algo que no se le puede pedir al vigilante Batman, millonario, excéntrico, misántropo, en guerra continua en contra de los criminales, mas no de lo que los explica (como, en México, el expresidente Calderón y su equipo, y ahora el presidente en turno).

En todo caso lo que dejaría ver esta nueva modalidad de alienación es que ya no se apela, en el orden de la ideología, a contenidos o a discursos medianamente organizados, disfrazados de argumentaciones, o a doctrinas con pretensiones de sistematización, para enajenar conciencias, sino a puestas en escena grandiosas, que, apabullando la sensorialidad, apabullan también a las conciencias, sin resistencia de por medio. El espectador promedio, al parecer indefenso, sólo puede abrir la boca y decir “¡Aaaaah!”, asintiendo y aceptando sin ninguna forma de defensa a un asalto que ya no es ni siquiera a la razón, bajo la forma de teorías o ideas, sino a la sensibilidad en bruto: asalto en formato IMAX, Dolby, 3D.

Sin ingenuidad en estas líneas, pues no se propondría aquí rescatar de ninguna manera el valor ideológico del cine de Hollywood (sin negar, por otro lado, el valor estético que muchas obras producidas ahí indudablemente tienen), mucho menos del más comercial, casi por definición un cine de carácter abierta o soterradamente ideológico, nuestra obligación como sujetos debiera ser el anteponer siempre una resistencia mínima a todo lo que se nos ofrece para el consumo. Pero en lugar de esto tenemos, cada vez más, a generaciones que sólo quieren ser seducidas, emocionadas, conmovidas en su sensibilidad y en su percepción más elementales. El crítico de cine A. O. Scott, del The New York Times, no ve en esta película otra cosa que una “cínica apropiación de efectivo” por parte de DC y Warner Brothers[8], y es difícil, dadas las evidencias, pensar otra cosa. Es también, bajo esta misma lógica, la precipitada manera que encontraron estas corporaciones para construir en poco tiempo una franquicia duradera, un gran negocio, uno que compita con el otro, el de Marvel, que se ha ido construyendo a lo largo de ya casi diez años, con resultados cinematográficos también cuestionables. Pero es, sobre todo, una clara manifestación del desprecio absoluto que el sistema tiene hacia los sujetos, los mismos que paradójicamente funcionan como consumidores de tales objetos culturales, y productores, mediante su consumo, de riquezas estratosféricas. El mismo que se deja ver en Man of Steel, con la masacre indiscriminada de civiles, “daños colaterales”, misma que pretende minimizarse de manera absurda en esta nueva entrega, a través de comentarios hechos al paso por conductores de noticias (“a esta hora ya no hay tanta gente”; “esta isla está deshabitada”. Esa isla, por cierto, en los cómics, no es sino una cárcel: he ahí la fidelidad de la película con respecto de los cómics de la que hablan sus defensores; claro, los criminales son prescindibles y desechables, ya no son humanos, así que, en la práctica, coherentemente con la lógica del sistema, esa isla está efectivamente deshabitada). Como el mismo crítico señala, Batman v Superman no es sobre diversión, ni tampoco sobre pensamiento. Su tema es la obediencia. No tanto la de los personajes, ni siquiera en último término la de los espectadores, sino la de éstos en el contexto de la sociedad en la que efectivamente viven, cuando van al cine, y sobre todo cuando salen del mismo. Su finalidad es el engrandecimiento, el de las corporaciones, por supuesto, pero también el del sistema que las posibilita. Y, como el mismo crítico señala, el resto de la población, en la ficción cinematográfica y en la realidad, es sólo convocada para morir en masa, para encogerse de terror, para mirar con los ojos bien abiertos, en actitud de devota gratitud, y, por supuesto, diríamos nosotros, también para pagar, con su dinero y con sus vidas, por todo ello.

[1] http://www.nytimes.com/2009/05/03/style/tmagazine/03taranw.html?_r=0

[2] http://www.superherohype.com/features/91753-horn-planning-superman-sequel-for-2009

[3] http://www.boxofficemojo.com/movies/?id=superman2012.htm

[4] Para una consulta extensa de las críticas, hasta la fecha de publicación de este texto, revisar: http://www.rottentomatoes.com/m/batman_v_superman_dawn_of_justice/

[5] Comentarios tomados de: http://www.proceso.com.mx/435172/batman-vs-superman-mal-comienzo-los-heroes-dc; y de: http://www.excelsior.com.mx/funcion/2016/03/29/1083519

[6] http://www.watchingamerica.com/thenationpk000025.shtml

[7] http://www.lacan.com/zizhollywood.htm

[8] http://www.nytimes.com/2016/03/25/movies/review-batman-v-superman-dawn-of-justice-when-super-friends-fight.html?_r=0

La lucha por la gratuidad de la educación pública: contra la precarización psíquica y social

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Ponencia presentada en el 3er Congreso Internacional de Investigación en Psicología, “Escenarios contemporáneos de la psicología. Controversias y desafíos”, el 26 de mayo de 2015

Leonardo Moncada Sánchez

  1. Introducción

Hace ya más de un año que se inició, en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, por parte de los alumnos de diferentes escuelas y facultades, una lucha amplia en contra del proyecto de cobro de cuotas de inscripción por parte de la administración pasada de la misma Universidad. Este proyecto, como sucede en otras partes del país y del mundo, busca justificarse a partir de la crisis financiera que, dicen las autoridades universitarias, tiene en riesgo la viabilidad de la educación pública. La razón: los pocos recursos recibidos de parte del gobierno federal y del estatal, y sobre todo la supuesta amenaza de quiebra de las arcas por la inviabilidad del régimen de pensiones y jubilaciones. Se trata del mismo subterfugio escuchado tantas veces en otras tantas partes para minar el carácter público de las instituciones. Sobre la opacidad en el manejo de los recursos públicos y la corrupción no se dice nada.

El objetivo de la presente intervención es, a partir de la lectura de algunos textos coyunturales escritos en el último periodo de la vida de Pierre Bourdieu, textos que tienen también el carácter de intervenciones concretas en el campo de lo social, hechos a partir de la descripción, de la lectura, del análisis de eventos concretos, y siendo a la vez una manera igualmente concreta de incidir en la realidad, retomar algunos conceptos, algunos vectores de análisis para intentar mostrar que, así como la política y la economía neoliberal, con todos sus rasgos característicos, impone en la sociedad un régimen de precariedad laboral, se manifiesta con efectos patentes también en el campo de la educación sobre los actores que participan del mismo bajo la forma particular de la precariedad educativa, en por lo menos dos vertientes: el establecimiento de filtros que dificultan el acceso a la educación pública, y el cobro de cuotas, que funcionan en la práctica como un filtro más. No puede ser de otro modo: si el neoliberalismo es un sistema debe ser posible encontrar los puntos de confluencia entre diferentes terrenos, en este caso entre lo laboral y lo educativo.

Los efectos de la precarización no son susceptibles de ser leídos sólo sociológica, política o económicamente, sino que cabe plenamente una lectura de los mismos a nivel de lo psíquico, tanto en los trabajadores como en los estudiantes, y también en aquellos que aspiran a ser una cosa y la otra. Estos efectos ahogan o por lo menos dificultan la posibilidad de plantear y llevar a cabo proyectos de transformación individuales y sociales, pues para trazar un proyecto revolucionario, un proyecto que ambicione razonadamente transformar el presente pensando en un futuro, es necesario tener un control mínimo sobre dicho presente. Es sobre todo ese control sobre el presente lo que el sistema imposibilita en todos los frentes. Y es por ello que, además de hablar de precarización laboral y escolar, hablamos en esta presentación de precarización psíquica, efecto patente de las anteriores.

Ante este panorama desolador se impone la necesidad de formas de lucha que busquen neutralizar y transformar a las políticas de precarización en todos esos frentes, y entre ellos el de la defensa de la educación pública, laica, gratuita, de calidad y emancipadora, como en la Universidad Michoacana: además de la acción caritativa, caritativa-militante, es indispensable crear conciencia del estado de precariedad entre quienes la padecen, para que puedan identificarse a sí mismos e identificarse con otros, entre sí, lo que permitiría crear lazos de solidaridad que sirvan como resistencia ante la degradación de la propia imagen y sobre todo como formas de organización de acciones colectivas de resistencia, lucha y de verdadera transformación de la realidad. Sólo ganando colectivamente el presente se puede aspirar al futuro, uno que no sea el de la explotación, la violencia, la marginación y la exclusión.

  1. El neoliberalismo como ficción científica y sus efectos no ficticios en la realidad

El neoliberalismo, teóricamente hablando, es pensado como una descripción científica de lo real, ayudado por la ciencia económica, aun cuando no es más que un programa político. Pura ficción matemática, a juicio de Pierre Bourdieu, basada en una formidable abstracción que, a diferencia de las abstracciones científicas, no está hecha sino sobre la puesta en suspenso de las condiciones económicas y sociales de los dispositivos racionales, así como de las estructuras económicas y sociales que son la condición de su actividad teórica y práctica. Un ejemplo paradigmático de ello, y es justo lo que nos atañe en esta intervención, es el sistema de enseñanza, que jamás es considerado como tal en la actualidad, sino como un mecanismo productor de agentes eficientes para su inserción en el mercado –lo que, en mayor o menor medida hemos podido apreciar en algunas de las perspectivas compartidas en este congreso, y, detrás de esto, en la forma en la que se estructuran los programas de formación de psicólogos: posturas tecnocráticas en la psicología, o que propugnan una enseñanza tecnocrática de la psicología. Estamos, pues, ante el mito neoliberal fundado en la oposición arbitraria entre, por un lado, la lógica propiamente económica, “basada en la concurrencia y portadora de eficacia”, y “la lógica social, sometida a la regla de equidad”[1], por el otro. El neoliberalismo es, pues, una teoría originariamente deshistorizada y desocializada, pero que “hoy más que nunca tiene los medios para llegar a ser verdadera, empíricamente verificable”[2]. Es un discurso fuerte, difícil de combatir,

[…] porque cuenta a su favor con todas las fuerzas de un mundo de relaciones de fuerza que contribuye a que sea tal cual es, especialmente orientando las opciones económicas de los que dominan las relaciones económicas y añadiendo así su fuerza propia, típicamente simbólica, a esas relaciones de fuerza.[3]

En tanto que es una teoría y un programa deshistorizado y desocializado en un sentido amplio, extrae su fuerza social, limitada pero poderosa, de aquellos cuyos intereses expresa (empresarios, políticos, funcionarios, etc.), tendiendo globalmente a ensanchar la brecha entre la economía y las realidades sociales.

Este programa político es además un programa de destrucción metódica de los colectivos. Funciona eminentemente así, la eficacia máxima de su aplicación social se gana en la medida en que las posibilidades de organización colectiva se pierden.

El neoliberalismo es por tanto el nombre de un programa de conocimiento ostentando ficticiamente como científico, pero que funciona en realidad como un programa político de acción, realizando un inmenso trabajo en este último terreno, pero en términos negativos, es decir, a través de la omisión, el descuido, la negligencia, la desatención, lo que permite que sus efectos, plenamente positivos, y que tienden a crear las condiciones de realización, funcionamiento y verificación de la teoría, puedan ser negados. En lo que nos incumbe en esta intervención, el modo de funcionamiento de dicho programa se muestra claramente, en todos sus alcances, en la forma en que se deja que las condiciones que posibilitan la existencia de las instituciones de educación pública se deterioren progresivamente, hasta un punto de crisis en el que pareciera no haber recomposición posible, por lo que otras medidas supuestamente correctivas, aun cuando vayan en contra del espíritu de la educación pública, parecen más que justificadas.

El costado positivo de este programa funciona cuestionando las estructuras colectivas capaces de obstaculizar la lógica del mercado puro: nación, grupos de trabajo, sindicatos, colectivos de defensa, familia, etc. Cuestionamiento de su legitimidad, de su honorabilidad, de su pertinencia, etc. Y, de nuevo, no es otra cosa lo que estamos viendo aquí: en esa lógica sistemática de destrucción de los colectivos, en donde a estos se les tolera siempre y cuando su fuerza y energía pueda ser puesta, en algún momento dado, al servicio del mismo ejercicio sistemático (introduciéndolos, por ejemplo, no nada más en la órbita de la producción y del consumo, sino también en la de la corrupción), se apela para resolver la crisis inducida de las instituciones no a la organización social, colectiva del sector de la comunidad realmente afectado, sino a la responsabilidad moral individual, a la solidaridad, pero entendida ésta de una forma completamente engañosa.

No es casual entonces que cuando aparece una organización colectiva no manipulable, no corrompible —por lo menos de principio—, que no forma parte del sistema; cuando ni siquiera era esperable su irrupción en una escena en la que el guión no admite improvisaciones; una organización colectiva que desborda a quienes desde dentro de la misma pueden parecer sus principales animadores (porque históricamente, en todo movimiento subversivo auténtico, la eficacia del mismo pasa no sólo ni principalmente por lo que sus principales figuras realizan: el hacer realidad algo depende siempre en esos casos de una voluntad y de una organización popular auténticas; esto es, la autenticidad del movimiento depende de la autenticidad de las demandas y de la autenticidad de las formas de organización y participación); en el instante, decíamos, en que aparece una organización colectiva con tales características, las instancias de poder y de gobierno pierden el control, y se abre entonces la posibilidad de que esa pérdida no sea sólo momentánea, sino duradera.

  1. Precarización laboral, precarización educativa y precarización psíquica

Pierre Bourdieu señala con claridad los efectos de la precariedad laboral en la sociedad occidental contemporánea:

[…] la precariedad laboral está en todas partes. En el sector privado, pero también en el público, que ha multiplicado las plazas temporales e interinas, en las empresas industriales, pero también en las instituciones de producción y difusión cultural, educación, periodismo, medios, etcétera, y que siempre produce unos efectos prácticamente idénticos […]: la desestructuración de la existencia, privada, entre otras cosas, de unas estructuras temporales, y la degradación de las relaciones con el mundo, el tiempo y el espacio […].[4]

La inseguridad laboral objetiva sustenta una inseguridad subjetiva generalizada, al afectar por igual a desempleados y a sujetos que no están todavía en la condición de ser empleados, por ejemplo, los estudiantes (digamos aquí entre paréntesis: esta última situación, característica aún, aunque en trance de descomposición, de varios países desarrollados, no se ajusta a la realidad mexicana ni a la michoacana: muchos estudiantes no son tales de tiempo completo, al tener que usar el tiempo extraescolar a trabajar para apoyar a la economía familiar y poder sostener su educación formal). Esta inseguridad está en la base, a juicio de Bourdieu, de la “desmoralización y la desmovilización que cabe observar […] en los países subdesarrollados”[5], al afectar la capacidad de los individuos y las sociedades de proyectarse en el futuro. Y esto, como consecuencia, ahoga o por lo menos dificulta las posibilidades de plantear y llevar a cabo un proyecto de transformación individual y social, pues “para concebir un proyecto revolucionario, es decir, una ambición razonada de transformar el presente en relación con un futuro proyectado, hay que tener un mínimo de control sobre el presente”[6].

Los efectos de la precarización no terminan ahí:

Cuando […] la precariedad laboral afecta a una parte muy importante de la población, obreros, empleados del comercio y la industria, pero también periodistas, maestros, estudiantes, el trabajo se convierte en algo excepcional, deseable a cualquier precio, que sitúa a los trabajadores a merced de quienes los emplean, que, como se puede ver todos los días, usan y abusan del poder que así se les ha dado. La competición por el trabajo va acompañada de una competición en el trabajo, que también es una forma de competición por el trabajo, que hay que conservar, a veces a cualquier precio, contra el chantaje del despido. Esta competición, a veces tan salvaje como la que practican las empresas, está en el origen de una auténtica lucha de todos contra todos, destructora de todos los valores de solidaridad y humanidad y que alcanza, a veces, una violencia sin límites.[7]

El efecto es también la sumisión de los que sí obtienen un empleo, por más precario que este sea, sumisión que es condición de una explotación cada vez mejor lograda, “basada en la división entre los que, cada vez más numerosos, no trabajan y los que, cada vez más escasos, trabajan pero trabajan cada vez más”[8]. Esta sumisión es posible porque la precariedad laboral

[…] permite nuevas estrategias de dominación y explotación, basadas en el chantaje del despido, que se ejerce actualmente sobre toda la jerarquía, en las empresas privadas e incluso públicas, y que hace pesar sobre el conjunto del mundo del trabajo y, muy especialmente, sobre las empresas de producción cultural, una censura aplastante, que impide la movilización y la reivindicación.[9]

¿Cabría pensar una sumisión semejante en el ámbito educativo, basada en la división entre los pocos que estudian y los cada vez más numerosos que no? Según los datos disponibles, así como las experiencias directas que tenemos como docentes en el nivel universitario, todo parece apuntar a una respuesta afirmativa. Los estudiantes que logran ingresar a la universidad, después de pasar por los filtros usuales (que van de exámenes de ingreso, de conocimientos generales y psicométricos, a entrevistas cara a cara que vienen a reforzar el proceso de filtrado), llegan a pensar que si están en esa instancia es gracias a su desempeño sobresaliente en relación a los estudiantes que no lo logran, lo cual no es verdad, según la información concreta y las reflexiones que en torno a la misma hacen estudiosos en el tema. Hugo Aboites, especialista en educación, y actual rector de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, señala que se pueden identificar por lo menos dos mitos sobre el acceso a la educación superior en México:

El primer mito o leyenda aparece cuando se dice que el ingreso a la institución de preferencia es algo que depende fundamentalmente del esfuerzo de cada persona y, que, en caso de no ser admitido, “hay que estudiar más” […] Estudiar o no lo suficiente puede explicar la admisión o rechazo cuando se trata de poblaciones pequeñas de demandantes, pero cuando hablamos de 200 mil aspirantes y 16 mil lugares disponibles resulta absurdo plantear que no ingresa un número sustancialmente mayor de jóvenes porque no hicieron el esfuerzo debido. No faltan jóvenes capaces, sino lugares suficientes […]

Un segundo mito dice que todos tienen las mismas oportunidades de ingreso. Que no hay favoritismos o privilegios. Sin embargo, existen datos estadísticos que apuntan claramente en dirección a que el uso de exámenes estandarizados de opción múltiple prefiere a los hijos de funcionarios, directivos y empresarios, y no tanto a los hijos de obreros y campesinos.[10]

Los estudiantes, haciendo eco de la función ideológica de estos mitos, llegan a pensar, bajo una lógica individualista, que sus méritos los han llevado hasta donde están (aun cuando los datos disponibles sobre las calificaciones de los exámenes de admisión constatan que un amplio porcentaje de los sustentantes tienen un bajo desempeño, ingresando con una calificación muchas veces reprobatoria pero aceptada como estándar de ingreso, o que los exámenes mismos son estandarizados para que el porcentaje de aprobados se ajuste al número de estudiantes que las instituciones de antemano aceptarán[11]). De este modo, suponiendo que los otros aspirantes quedaron fuera por su incapacidad, olvidan que no hay una gran diferencia entre ellos y los otros, dándose como efecto la asunción de identidades mutuamente incompatibles, los “capaces” y los “incapaces”, mismas que disuelven cualquier posibilidad de reconocimiento de las verdaderas causas de la exclusión, así como de empatía y solidaridad con los excluidos.

De la misma manera en que, siguiendo a Bourdieu, debemos sospechar que la precariedad laboral no es producto de ninguna fatalidad económica, sino de una voluntad política, del mismo modo podríamos pensar que la precariedad educativa, en por lo menos dos de sus niveles –el primero, el del establecimiento de filtros de ingreso bajo la forma de exámenes y pruebas; el segundo, el cobro de cuotas– es producto, fatal, sí, pero de diversas voluntades políticas, que tienen un trasfondo económico por supuesto, y que nos han llevado hasta el punto en el que estamos ahora. Así como las empresas, en connivencia con los poderes políticos, intentan explotar una situación real de inseguridad (propiciada por estos mismos factores), justificando así su proceder (despidos constantes y sin consecuencias para el patrón, empleos explotados, sin contrato, sin prestaciones, etc.), las autoridades encargadas de la gestión y administración de las instituciones educativas públicas pretenden justificar una política de precarización de las oportunidades de estudio y de violación de las garantías legales que aseguran la gratuidad de la educación en razones que muy bien pueden ser reales (crisis económica de las instituciones educativas y del país), pero que tienen como responsables inmediatos justo a los encargados de la administración de los recursos públicos y de la implementación de políticas educativas. En suma, la realidad de esa crisis no es algo que deba ser tomado como alguna especie de naturalidad independiente de la historia, de la política y de un sistema económico que no por mucho que sea negado o silenciado deja de tener efectos, generalmente desastrosos, en las vidas de quienes están sujetos a él.

En otro sentido estas consideraciones, hechas a partir del análisis del ámbito laboral, muestran otra forma de relación con la crisis del sistema de educación pública. Recordemos que la llamada “reforma educativa” es todo menos eso, y sobre todo una reforma laboral que busca justo la flexibilización de las relaciones y de las condiciones de trabajo, o como prefiere llamarle Bourdieu tanto al programa como a la implementación de políticas como esta, la flexplotación. La crisis financiera de la Michoacana, crisis semejante a las padecidas por otras instituciones públicas de educación superior no sólo en el país, sino en el mundo, son causadas principalmente, se nos dice, por la insolvencia derivada de un régimen de pensiones y jubilaciones que se ha vuelto insostenible. Y desde esta insolvencia se pretende justificar una serie de medidas tendientes todas a la flexibilización laboral, con un redoblamiento de las relaciones de explotación: trabajos cada vez más demandantes con salarios, derechos y prestaciones cada vez más adelgazados, y con un horizonte de futuro que se cierra y oscurece progresivamente.

Todo esto no le es ajeno a la comunidad estudiantil; no sólo porque dicho horizonte, o falta de horizonte en lo laboral, les espere más temprano que tarde en el caso de que dicha agenda triunfe, sino porque ahora, en la realidad más inmediata, tales políticas están incidiendo en sus posibilidades educativas: esa misma razón se ha esgrimido, entre otras, para justificar la eliminación de la gratuidad de la educación pública superior.

Pero esas incidencias van más allá: la obturación de la posibilidad de un futuro, el cierre existencial producto de la precarización laboral y educativa alcanza también a la psique de los que quedan de esas maneras excluidos. Los efectos son patentes: inseguridad subjetiva, desestructuración de la existencia, de las estructuras temporales, degradación de las relaciones con el mundo, desmoralización y desmovilización, angustia, sufrimiento, malestar que se manifiesta a través de distintos síntomas que luego la psicología y la psiquiatría se encargan de reducir y naturalizar con respecto de lo que los provoca, y de desnaturalizar con respecto de una norma arbitraria de salud y enfermedad; soluciones violentas de los conflictos, mismas que no tocan al sistema que los produce, violencia vuelta sobre las víctimas de la precarización, sobre los otros que se encuentran en la misma posición, y también sobre quien la sufre, en una especie de –remitiéndonos por supuesto a Freud– vuelta sobre la persona propia (suicidio, conductas delictivas y criminales como alternativa); competencia salvaje por lo poco que hay, egoísmo, etc.

James Petras, también hablando de los efectos del neoliberalismo en la vida de los trabajadores, sitúa de modo parecido dichas incidencias al nivel de lo psíquico, mismas que no cuesta trabajo trasladar a los marginados de la educación, en tanto que también ahí operan los mecanismos de individualización de los problemas sociales y de autodepreciación “por no tener las capacidades adecuadas”, cuando en el fondo, como ya vimos, se trata de un problema de exclusión material:

La personalidad al completo se ve afectada por el colapso provocado por el neoliberalismo, pero la respuesta varía según sean las personas y los contextos. La respuesta inicial más frecuente es un choque profundo y una depresión, en muchos casos acompañados de rabia que, si se posee conciencia de clase, se dirige contra los patrones o los políticos tradicionales. Otros, quienes confían en sus jefes, pasan a odiarse a sí mismos, pues aceptan las explicaciones que éstos les dan: son “culpables” de lo que les sucede.

En tales circunstancias, existe una tendencia a retraerse, a sentir vergüenza y perder la autoestima, lo cual conduce a la disminución de la libido, al insomnio y a la incapacidad para dar o recibir afecto. La hostilidad reprimida en contra del poder superior se desplaza hacia abajo: contra la pareja, los hijos o los amigos. Por el contrario, cuando el trabajador victimado socializa su descontento y lo convierte en un problema público, es más fácil que la hostilidad se canalice en movimientos sociales, que dirigen la agresión hacia la patronal y el estado. No obstante, si no existen movimientos progresistas, la hostilidad exteriorizada corre el peligro de caer bajo el control de grupos que actúan contra otros trabajadores o colectivos marginales (minorías raciales, mujeres inmigrantes, etc.) […]

En circunstancias extremas, la interiorización de los problemas sociales o la autodepreciación pueden conducir a tendencias al suicidio, a comportamientos autodestructores (alcoholismo crónico o drogadicción), a conductas homicidas o a una paranoia clínica. En un contexto político, la autodepreciación refuerza el complejo de inferioridad y puede hacer que el individuo se ponga del lado de la poderosa élite que le inflige los tormentos, o bien que desarrolle una personalidad fascista, que se pone de rodillas ante los poderosos y ataca a los desvalidos. Son, en potencia, tropas de ataque de la derecha listas para ser reclutadas.[12]

Lo más grave es que nosotros, en México, en el contexto específico del ámbito de alcance de la Universidad Michoacana, estamos en una situación crítica situada varios momentos antes de poder tener los elementos para hablar de desempleo: en el punto mismo de la posibilidad de acceso a la educación universitaria, o, si el acceso resulta posible, de la continuación de los estudios hasta el momento en que puedan llegar a buen término, por falta de recursos económicos suficientes para ello. Es, entonces, esa capacidad de proyectar un futuro en quienes pretenden iniciar o continuar su educación a nivel superior lo que se dificulta y ahoga, desde hace varios años, en el país y en el estado, y es eso lo que puede dificultarse y ahogarse por completo al no hacer valer el derecho a la gratuidad de la educación superior.

La violencia sin límites de la que habla Bourdieu, producto de un sistema que promueve una competencia encarnizada por los pocos espacios de promoción social, en México se ha hecho cuerpo y sangre, traduciéndose en sufrimiento y muerte, y en ello también ha tenido un papel la falta de oportunidades educativas de ya varias generaciones de jóvenes que optan, ante la falta de futuro, por soluciones desesperadas. Ni la violencia producto de la delincuencia, organizada o no, ni tampoco la autoinfligida, que no en pocas ocasiones desemboca en el suicidio, puede desprenderse de estas razones estructurales, de estas políticas de gobierno aplicadas en las sociedades contemporáneas.

  1. Formas de lucha contra la precarización

Ahora bien: si lo que está detrás de esto es una voluntad política, cabe también entonces una lucha política. Nadie puede tomar en serio la idea de que las razones esgrimidas por las autoridades están purificadas de toda consideración política, menos aún tomando en cuenta que dichas razones coinciden puntualmente en otros lugares, no sólo del país, sino del mundo, sirviendo siempre como subterfugios y parapetos a través de los cuales se persiguen propósitos semejantes.

Siguiendo a Bourdieu, toda posible modificación de este estado de cosas debe iniciar “por el abandono de la visión mezquinamente calculadora e individualista que reduce a los agentes a unos calculadores ocupados en resolver unos problemas […] estrictamente económicos, en el sentido más mezquino de la palabra”[13], pues para que el sistema económico funcione los trabajadores y los estudiantes contribuyen no sólo con la producción y reproducción, sino con las condiciones de funcionamiento del mismo: por ejemplo, la fe en la empresa, en el trabajo, la necesidad del trabajo; equivalentemente, la fe en la institución educativa, la necesidad del estudio como medio para escapar a la precariedad existencial, etc. Mientras se reduzca el problema de la precariedad, laboral y educativa, a asuntos puramente monetarios, no se podrá apreciar en su justa medida la complejidad del fenómeno: en el terreno de lo laboral se reducirá a los trabajadores a meras herramientas de producción, prescindibles y sustituibles en tanto que tales; en el educativo, como podemos apreciarlo en el problema al que se enfrentan los estudiantes que se han opuesto, aquí y en otras partes del país y del mundo, al cobro de cuotas, se apelará, invirtiendo los papeles, a la poca solidaridad, mezquindad y bajeza de quienes no quieren resolver un problema —del que no son responsables—, aportando dinero para a cambio hacer válido el derecho a la educación, y en el caso de los que ni siquiera tienen acceso a la educación, a suponerlos incapaces por razones estrictamente individuales.

El ejemplo del llamado “movimiento de los parados” nos deja vislumbrar algunos efectos inmediatos de la organización y la lucha contra la precarización:

La primera conquista de ese movimiento es el propio movimiento, su propia existencia: saca a los parados y, con ellos, a todos los trabajadores precarios, cuyo número aumenta cada día, de la invisibilidad, el aislamiento, el silencio, en pocas palabras, de la inexistencia. Al reaparecer a la luz del día, los parados devuelven la existencia y un cierto orgullo a todos los hombres y mujeres a los que, como ellos, el no empleo relega habitualmente al olvido y la vergüenza.[14]

En consonancia con esto, ¿qué propone Bourdieu –que es, en otros términos, algo semejante a lo que propone Petras, como ya lo vimos en una anticipación–, y qué propondríamos nosotros, siguiéndolos, para luchar contra la precarización? Además de la acción caritativa, caritativa-militante,

[…] estimular a las víctimas de la explotación, todos los precarios actuales y potenciales, a trabajar en común contra los efectos destructores de la precariedad (ayudándolos a vivir, a ‘aguantar’ y a ‘aguantarse’, a salvar su dignidad, a resistir a la desestructuración, a la degradación de la propia imagen, a la alienación) y, sobre todo, a movilizarse, a escala internacional, es decir, al mismo nivel en que se ejercen los efectos de la política de precarización, para combatir esa política y neutralizar la competitividad que tiende a instaurar entre los trabajadores de los diferentes países[15].

Este trabajo en común implica una verdadera solidaridad, no sólo, en este ejemplo, entre los parados, sino entre éstos y los trabajadores precarios, pues son más las semejanzas que las diferencias que los separan. Lo mismo valdría, como ya vimos, para el caso de los estudiantes y los que no lo son porque no se les ha permitido el acceso a la educación pública, y entre todos ellos y los trabajadores precarios y los desempleados.

La movilización es indispensable, lo que equivale a decir que es necesario luchar contra las fuerzas desmovilizadoras. En palabras de Bourdieu, “la movilización de aquellos cuya existencia constituye, sin duda, el factor principal de la desmovilización es el más extraordinario estímulo para la movilización, para la ruptura con el fatalismo político”[16].

Sólo conservando la autenticidad de la organización, que es autenticidad de la expresión, de las demandas y de la participación, llevando a la vez a la organización misma, según las necesidades, a nuevas reconfiguraciones, de modo disciplinado pero flexible, riguroso y a la vez creativo, se puede hacer frente al programa de destrucción metódica de los colectivos, verdadero punto estratégico para cualquier lucha política en la actualidad. En la medida en que el colectivo sea capaz de expresar las coincidencias fundamentales de los individuos que lo conforman, sin atropellar las diferencias individuales, podremos hablar de una verdadera solidaridad, una que no haga abstracción ideológica de las necesarias valoraciones históricas, políticas, éticas, que no reduzca las crisis, los problemas, los conflictos a razones pretendidamente económicas en el sentido más limitado del término.

Como podemos apreciar, lejos está la descripción, la explicación y la solución de la crisis de la universidad en el recurso a una pretendida “actitud irresponsable, poco solidaria” de los alumnos y del resto de la comunidad universitaria. Se convoca a la solidaridad al mismo tiempo que se lava la cara de los amos en turno, y de los pasados, de todos los que ayer tuvieron una responsabilidad directa en los problemas de hoy. Pedir solidaridad, del modo en que se hace, es pedir que la comunidad universitaria se solidarice con quienes son verdaderamente responsables de la crisis. Es pedir que se solidaricen con políticos y funcionarios omisos y corruptos; pero, sobre todo, es pedir que se solidaricen con una agenda política y económica que justo busca eso: el debilitamiento de las instituciones de educación pública a través de la destrucción de los colectivos, de su presente y de su posibilidad. Es pedir, pues, solidaridad para con el enemigo.

Me gustaría terminar esta intervención citando nuevamente al mismo Bourdieu; lo dice en un texto que lleva el elocuente título de “Esos ‘responsables’ que nos declaran irresponsables”: “estamos hartos de las tergiversaciones y las dilaciones de todos esos ‘responsables’ elegidos por nosotros que nos declaran ‘irresponsables’ cuando les recordamos las promesas que nos han hecho”[17]. En este caso, en la lucha por la defensa de la gratuidad, es un acto de suma responsabilidad hacerse cargo, a través de la organización y la resistencia, no sólo del futuro propio, sino del futuro de generaciones por venir. Acto de resistencia, acto auténticamente terapéutico, no sólo de individuos, sino de una sociedad mayoritariamente expoliada por unos cuantos. Irresponsable, y además falaz, es pretender sostener lo contrario.

[1] Pierre Bourdieu (1999); El neoliberalismo, utopía (en vías de realización) de una explotación ilimitada, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 137.

[2] Pierre Bourdieu (1999); El neoliberalismo, utopía (en vías de realización) de una explotación ilimitada, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 137.

[3] Pierre Bourdieu (1999); El neoliberalismo, utopía (en vías de realización) de una explotación ilimitada, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 137-138.

[4] Pierre Bourdieu (1997); Actualmente, la precariedad está en todas partes, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 121. Las cursivas son nuestras.

[5] Ibíd., p. 122.

[6] Ibíd., p. 123.

[7] Ibíd., p. 123-124.

[8] Pierre Bourdieu (1997); Actualmente, la precariedad está en todas partes, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 126.

[9] Pierre Bourdieu (1998); El movimiento de los parados, un milagro social, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 131.

[10] Hugo Aboites (2014); Mitos en el acceso a la educación media superior y superior. La Jornada, sábado 24 de mayo de 2014. Consultado el 20 de mayo de 2015 en http://www.jornada.unam.mx/2014/05/24/opinion/018a1pol

[11] Véase también Hugo Aboites (2014); Acceso a la educación media superior y superior: tercer mito. La Jornada, sábado 7 de junio de 2014. Consultado el 20 de mayo de 2015 en http://www.jornada.unam.mx/2014/06/07/opinion/016a2pol

[12] Petras, J. (2012). Los perversos efectos psicológicos del capitalismo salvaje. Neoliberalismo, resistencia popular y salud mental. Rebelión, 20 de diciembre 2002. Consultado el 25 de mayo de 2015 en http://www.rebelion.org/hemeroteca/petras/petras201202.htm

[13] Pierre Bourdieu (1997); Actualmente, la precariedad está en todas partes, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 127.

[14] Pierre Bourdieu (1998); El movimiento de los parados, un milagro social, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 130.

[15] Pierre Bourdieu (1997); Actualmente, la precariedad está en todas partes, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 127.

[16] Pierre Bourdieu (1998); El movimiento de los parados, un milagro social, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 131.

[17] Pierre Bourdieu (1997); Esos “responsables” que nos declaran irresponsables, en Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal; Barcelona: Anagrama, 1999; p. 117.

La valoración de la función del maestro en el México contemporáneo

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Hace dos años, en la víspera del día del maestro, apareció en diarios de circulación nacional información obtenida a partir de la aplicación del Segundo Estudio Internacional sobre la Enseñanza y el Aprendizaje (Talis), del año 2013. Dicho estudio, aplicado a cerca de 26 mil profesores y 2 mil directores de primaria, secundaria y bachillerato en México, indica que cerca del 50 por ciento de los educadores considera que su profesión no es apreciada por la sociedad.

Los críticos de dicho estudio señalan que los resultados no pueden tomarse al pie de la letra, pues parten de apreciaciones subjetivas de los profesores. A mi juicio, sin embargo, son reveladores. Muestran la forma en que los profesores consideran que son vistos, apreciados, o mejor dicho, poco apreciados por una sociedad que, sin embargo, sigue dependiendo directa y estrechamente en su formación de ellos. Es reveladora de un conflicto en la sociedad, de una contradicción, si se contrasta con lo que, sin estudios de por medio, todos los días se dice de ellos en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas. Esa expresión subjetiva, pues, termina por coincidir con las apreciaciones igualmente subjetivas de quienes valoran sus trabajos. Y por supuesto a nadie se le puede negar el derecho a la expresión de su subjetividad, es decir, de sus creencias y apreciaciones.

¿A qué puede responder ese poco aprecio por la función del maestro hoy en día? Es cierto, debemos reconocer las insuficiencias de su trabajo, sus fallos y errores. Como profesor universitario puedo decir que las limitaciones en la formación de los estudiantes son evidentes, además de graves: los estudiantes a ese nivel con dificultades saben leer y escribir, así como aproximarse al pensamiento abstracto. Sus conocimientos sobre ciencia e historia, salvo excepciones, son elementales, en algunos casos casi inexistentes. Y sin duda en eso alguna responsabilidad tienen los maestros del nivel básico y del medio-superior: muchas veces, cada vez más, han dejado de hacer lo mínimo que se esperaría de ellos. Pero, al mismo tiempo, debemos ampliar el panorama y reconocer que su oficio se desempeña en condiciones cada vez más precarias, en un sentido material a la vez que espiritual. Así como, todos lo sabemos, no cuentan con la infraestructura y los recursos elementales para el desempeño de su tarea, la vocación docente ha sido atacada, manipulada y corrompida desde el poder.

Hay, además, un discurso interesado que presenta constantemente al maestro como un holgazán o como un inepto, discurso promovido tanto por instancias gubernamentales, medios de comunicación y “lobbys” (como Mexicanos Primero) que, arropándose en un discurso falsamente moralizante, persiguen al mismo tiempo su propia agenda: hablan desde una verdad sesgada con la que esconden que, al mismo tiempo, con la otra mano buscan el debilitamiento de los pocos focos restantes de resistencia a la privatización de la transmisión del saber. En estas circunstancias los maestros no sólo deben lidiar con los limitados recursos materiales y didácticos para el desempeño de su profesión, sino también con alumnos y padres de familia que han hecho suyo, muy acríticamente, tal discurso, y sobre todo con el peso del aparato institucional que, dejándolos cada vez más solos, termina por hacerlos chivos expiatorios de un desastre social generalizado.

¿Con qué cara una sociedad ignorante, integrada por gobernantes, funcionarios y legisladores igualmente ignorantes, además ignorantes de su ignorancia, le echan en cara a los profesores el no contar ni con la disposición ni con las competencias necesarias para ejercer su profesión? Porque incluso podemos decir que lo poco que se mantiene en pie, con dignidad, en esta sociedad, se debe en cierta medida al esfuerzo muchas veces heroico de maestros que no han renunciado a su vocación de enseñar.

Es verdad que, en múltiples ocasiones, los maestros hemos abusado de nuestro poder, de nuestra influencia, o, en el otro extremo, hemos abdicado de la función que la sociedad espera de nosotros. Pero ni el autoritarismo ni la indolencia deben desacreditar dicha función como posibilidad siempre presente de formación de los sujetos que integran una sociedad. Hay asimetrías entre el maestro y el alumno, y es necesario que sea así: el maestro algo sabe, y mejor que lo sepa bien. El alumno espera ser enseñado por el maestro, y necesariamente le supone, además de un saber, muchas otras cosas que se ponen siempre en juego en el encuentro pedagógico. Ningún alumno aprende algo de un maestro del que crea que nada tiene por enseñar, es decir, por mostrar y por transmitir. Nada de eso compromete la educación, ni evita que el maestro aprenda también del alumno, que ambos recreen y construyan juntos un saber, o pongan en cuestión los saberes recibidos. La supuesta autosuficiencia del que enseña, y de su saber, que desemboca en formas de enseñanza autoritarias, es sin duda uno de los extremos que orillan a que algunos pretendan vaciar por completo de valor la posición del maestro. Una función docente entendida autoritariamente sería equivalente a la de un profesor de piano que creyera que su alumno nunca aprenderá, que no aprenderá bien, que nunca será tan bueno como él o mejor, o con un talento distinto e incomparable. Que no puede formarse un estilo. Y que en algún momento el alumno no lo dejará, pues sus enseñanzas han alcanzado su límite. Sin embargo, el verdadero maestro de piano sabe que hay algo que el alumno no sabe, de momento, pero que puede llegar a saber con paciencia y trabajo. No obstante, el prejuicio cada vez más extendido pretende que el profesor necesariamente es o un tirano o un inepto, que no es necesario, que su figura debe disolverse en la de una especie de pálido facilitador. Que cualquier técnica de enseñanza es sinónimo de “método disciplinario y normalizador”. Hay pues una hipersensibilidad hacia cualquier forma de disciplina, de organización metódica, incluso hacia cualquier gesto (inflexión de voz, reconvención, señalamiento) que inmediatamente es interpretado como una manifestación del despotismo del magister “detrás del cual se esconde la figura del Amo”. Y hay también toda una política de estado que promueve interesadamente esa imagen, la del tirano, y también la del inepto e innecesario, por lo que debemos ver si reproduciendo ese discurso no estamos haciendo el juego a dichas políticas.

Antonio Machado, a través de su alter ego, Juan de Mairena, dice sobre la función del profesor:

Vosotros debéis amar y respetar a vuestros maestros, a cuantos de buena fe se interesan por vuestra formación espiritual. Pero para juzgar si su labor fue más o menos acertada, debéis esperar mucho tiempo, acaso toda la vida, y dejar que el juicio lo formulen vuestros descendientes. Yo os confieso que he sido ingrato alguna vez -y harto me pesa- con mis maestros.

Esperemos que la apreciación del maestro cambie en nuestra sociedad, que haya una revaloración de una función digna y fundamental pero difícil —imposible, habría dicho Freud—, pero sobre todo que mejoren las condiciones en las que tiene que realizar su trabajo, lo que implica al mismo tiempo que mejoren las condiciones en las que los maestros se forman, que, a la vez, mejore también la formación de quienes forman a los maestros, para que ellos puedan formar adecuadamente a las nuevas generaciones (por eso es absurdo, sobre todo atroz el propósito de desaparición de las Escuelas Normales: por el contrario, éstas deben reforzarse), porque en esa medida, sin duda, tanto dicha apreciación como la sociedad misma cambiarán, dirigiéndose al ideal de justicia, paz e igualdad al que todos, no sólo unos cuantos, tenemos derecho, y que no puede pretender alcanzarse sin una buena y sólida educación como función mediadora.

(De la imagen: “El maestro severo”, de Jan Steen).

SOCIEDAD DEL PLAGIO, II

A partir de dos intervenciones sobre las ideas presentadas en un texto anterior (SOCIEDAD DEL PLAGIO), una, sensible y bien elaborada (de Marcela Morales), otra, una malinterpretación hecha con sumo descuido, del historiador Pedro Salmerón, pero que apuntan de algún modo a lo mismo, debo hacer las siguientes acotaciones.

No creo que necesariamente el argumento central (el reconocimiento del carácter colectivo y transindividual de los bienes culturales, así como de la ideología individualista imperante, que tiene su fundamento en la propiedad privada, ahora de cualquier existente, y cómo el plagio viene a situarse ahí), que no es sólo un argumento, sino que pretende fundamentar y aproximarnos a la descripción del funcionamiento del plagio en un contexto amplio, lleve a la consecuencia indeseable de evitar el reconocimiento del mérito creativo o de los resultados del trabajo de alguien. Pensar eso sería como suponer que alguna descripción de un fenómeno cualquiera, aunque precisa (no digo que esta necesariamente lo sea), deba evitarse por la anticipación especulativa de sus consecuencias morales, por los posibles efectos negativos en las personas o en las sociedades. Algo así se ha pretendido hacer, por ejemplo, con la teoría de la evolución de Darwin. O con el marxismo y el psicoanálisis: “Podrán ser ciertas, pero son peligrosas. Es mejor evitarlas”. En sociedades en las que, con éxito o fallidamente, se pone en predicamento la ideología de la propiedad privada por su modo de organización social y económica, el reconocimiento a las ideas y al trabajo de los individuos sigue estando presente, de una u otra manera. Más bien me parece que una conciencia generalizada de que creamos a partir de la comunidad puede relajar tanto la relación que tenemos con nuestras propias producciones, dejando de considerarlas producto de nuestra genialidad inigualable, teniendo en nosotros su única fuente; como con las de los demás, con los efectos, entre otros, de cultos a la personalidad de los “grandes hombres”. No se trata en última instancia de escatimarles el mérito por lo que como individuos, es decir, como puntos de convergencia de tradiciones, ideologías, etc. son capaces de hacer originalmente: mi propia perspectiva filosófica, apuntalada en buena medida en el fenómeno de la creación artística, pero también en la ética y en la política, parte de la problematización de las relaciones, siempre tensas, entre el sujeto y un Otro que, a mi juicio, no lo determina de manera absoluta. Ni siquiera las relaciones de opresión, por muy totalitarias que puedan ser, pueden entenderse sin la participación activa y pasiva de los individuos, en diferentes niveles (como ya lo señalaba hace siglos Étienne de La Boétie). Es en esa participación en donde tiene lugar la posibilidad de la diferencia y de la disrupción.
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El plagio cotidiano, el que ocurre entre escritores, en las academias y en lugares afines, forma parte de esa misma lógica: como señalo en el texto anterior, tanto alumnos como profesores, escritores pequeños y grandes luminarias, lo hacen por igual. Quizá el malentendido pueda darse por llevar esto necesariamente al orden de las consideraciones morales, que por supuesto son importantes: el plagio en (casi) todas sus formas es inmoral, cuestionable, etc. Pero otra cosa es intentar llevarlo al orden del contexto en el que aparece: cuando eso se hace, como sucede con el análisis del crimen, con los hombres (y mujeres) golpeadores y violentos, etc., el caso individual aparece de otra manera, que, debemos enfatizar, no anula la anterior perspectiva. El punto principal de mi consideración sobre el plagio apunta a este segundo nivel.

Mucho menos creo que ese argumento sea una especie de defensa del plagio, como quizá algunos podrían interpretar, o de cerrazón ante los aspectos morales o éticos que implica, como lo señala el señor Salmerón Sanginés: en ninguna parte del texto aparece algo así, más bien al contrario. En la práctica, como docente y también como escritor, incluso en las relajadas redes sociales, sistemáticamente lo sanciono y lo evito.

Hace unos minutos me encontré con un texto muy lúcido sobre PODEMOS, en España. El autor, José Antonio Palao, haciendo una reflexión sobre la corrupción, esboza una idea semejante a lo que señalo sobre el plagio (no en vano, me parece, son fenómenos vecinos): “No es un problema de honestidad personal ni de transparencia, ni de regeneración moral. Es un problema sistémico de modelo de sociedad del que lo político es reflejo, de un modelo social de la economía, de una concepción empresarial que implica un mercado al servicio de la explotación y no un mercado al servicio de la gente. La corrupción es un síntoma, muy grave, pero sólo un síntoma”. Pues lo mismo, sobre el fenómeno del plagio, argumentaba en el texto anterior. Su vecindad, así como la que ambos tienen con la violencia (hasta parece que forman una familia), al punto de casi poder hacerlos intercambiables en la argumentación, debería hacernos pensar más en estructuras que en individuos: finalmente, a una ideología como la del capitalismo tardío le va muy bien que sigamos encerrando al Mal en el fondo de las conciencias individuales.

SOCIEDAD DEL PLAGIO

La cuestión del plagio es un asunto sin duda espinoso. Hace dos años escribía lo siguiente al respecto:

Plagio 1Con todo lo condenable que pueda ser el plagio vil, aquel con el que se busca compensar la absoluta carencia de ideas y la incapacidad de trasmudar la herencia y el sistema cultural, simbólico, en algo con visos de originalidad, me parece que la extremada sensibilidad reciente, mostrada en México y el mundo hacia supuestos o reales casos de plagio (recordemos, en los últimos tiempos, la cacería, justificada o no, emprendida desde ciertas facciones intelectuales –Guillermo Sheridan y otros como grandes inquisidores— en contra de sujetos como Sealtiel Alatriste; el escándalo de los últimos días por el premio que recibirá en la FIL Bryce Echenique; años antes en contra de Saramago, y un largísmo etcétera extendido y estirado notablemente en los años inmediatamente anteriores) es muestra clara de la radicalización de esa ideología individualista que supone, más ahora que nunca, que somos dueños absolutos de nuestros actos, ideas, producciones, etc., su única y exclusiva fuente y sus únicos propietarios: somos los dueños de los “medios de producción” de cultura (es decir, “nuestra” razón, creatividad, inteligencia, “nuestro” talento en las relaciones públicas, sobre todo eso), y por tanto los únicos garantes de lo que se produzca a través de ellos. Nadie nos los puede quitar, sin nuestra previa y generosa aquiescencia. Nadie puede hablar en nombre de nosotros en vano. Por supuesto pueden consumirlo, pues de eso se trata, y, si quieren usar nuestras producciones, hacerlo con la decencia de las comillas o los permisos y los pagos previos de regalías de por medio.

Dice por ejemplo el mencionado Sheridan que “un escritor, por principio, es un individuo que escribe desde su individualidad” (aquí). Pues no, un escritor escribe NO SÓLO desde su individualidad, sino sobre todo desde los otros, desde la colectividad, desde esas experiencias con ellos, junto a ellos, desde la tradición y el legado que recibimos sin ser totalmente conscientes, o, por el contrario, contra la misma tradición, en lo que podemos reconocer de ella, desconociéndonos ahí. Esa producción creativa vuelve inmediatamente, a pesar de nuestras acumuladoras intenciones, a formar parte de ese Otro simbólico de la cultura.

¿Son estas exageradas reacciones parte de la crisis del sistema capitalista? En buena medida me parece que es así: ahora más que nunca campea el temor de ser despojados de lo que en verdad nunca hemos sido dueños absolutos. Sólo espero que, como en otras ocasiones, el resultado de esta crisis no redunde en un acrecentamiento del poder de quienes ya lo tienen, o creen tenerlo, sin compartirlo con los demás.

Un estimado compañero de la Facultad de Psicología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, David Pavón-Cuéllar (de quien se pueden consultar sus textos e intervenciones aquí y aquí), agregaba una puntualización histórica al respecto:

Es la importante polémica del siglo XVIII en la que Beaumarchais y Mirabeau limitaban la propiedad intelectual al individuo, a su familia y a sus descendientes (en un mezquino individualismo-familismo burgués que terminará por imponerse en el siglo XIX), mientras que Sieyes y Condorcet reivindicaban la libre circulación y hablaban de una propiedad colectiva para toda la civilización (en una significativa coincidencia entre las perspectivas ideológicas de los viejos aristócratas y de los nuevos piratas).

Pasado el tiempo, en alguna otra publicación que no pude ubicar (las ideas y las palabras se pierden, así que también es una suerte que otros las recuperen, rescaten y se las reapropien), señalaba, palabras más o menos, que en todo caso hay una lógica que coincide con la del sistema en varios casos de plagio, especialmente en los perpetrados por los grandes nombres, por aquellos ubicados en una posición de poder: se toman los textos e ideas, muy valiosos en sí mismos, pero desconocidos, de autores sin renombre, se hacen pasar por propios, robando así su trabajo, que termina por ser usufructuado por aquéllos que ya de por sí tienen a su disposición la maquinaria editorial y de publicidad. Esas son, sin duda, formas de plagio absolutamente cuestionables. Esta idea coincide en lo general con lo que señala Alberto Chimal en un texto reciente, una de las consideraciones más lúcidas y ponderadas sobre el tema (que puede leerse aquí), exceptuando lo siguiente: no tiene caso, ni razón de ser, el remitir esas conductas a alguna especie de sociopatía –que, a pesar de las connotaciones del término, termine por reconducirse a alguna forma de patología individualizada. Por el contrario, en dichos actos de plagio, en los que alguien con el poder de hacerlo, y realmente sin la necesidad de ello, se apropia del trabajo creativo de alguien sin poder, estamos ante conductas completamente adaptadas a nuestra sociedad. Serían “sociopáticas” en relación a una sociedad ideal, bien pensada, que desafortunadamente no existe. Pero en esta, en la que estamos y trabajamos, eso es la norma, y no algo exclusivo del ámbito literario.

Por cierto que varios de los impugnadores de esos deshonestos e inmorales plagiarios, es el caso de Sheridan y compañía, se mueven en ese mismo sistema, por lo que no serían tan distintos de los impugnados: quizá ellos no plagian, no de manera alevosa; quizá ellos sí escriben sus textos desde su autosuficiente individualidad —portentos de la naturaleza—, pero son también miembros de camarillas, de facciones, de grupúsculos de poder, hábiles en las relaciones públicas, en los intercambios de favores, que se apoyan mutuamente, de manera independiente a sus méritos literarios. Y así, muy a menudo, personajes sin mérito, pero hábiles en la meritocracia, por la fuerza de la consistencia se hacen de un nombre que luego piensan les pertenece, y que designa un valor creativo y estético individual e indiscutible. Se apropian, no de las obras individuales, reconocibles, de autores menores, sino de una tradición que por definición no es suya, y desde la cual sin embargo escriben, porque no se puede escribir de otra manera. Esa lógica individualista podrá oponerse a la otra, a la cínicamente gandalla, pero la frontera que las separa es más imaginaria que real. En el fondo son muy semejantes. Eso explica quizá tanto odio, así como el ímpetu en las persecuciones y la exacerbación de las normativas que condenan el plagio en nuestra sociedad: no se odia tanto, tan apasionadamente, sino lo que se parece tanto a uno.
Plagio 2
Parece que el plagio, así como su persecución, se han convertido en un elemento sintomático de nuestra sociedad. En aquello que revela el carácter paroxístico de relaciones de producción y apropiación de elementos comunes a una cultura: ya no sólo los medios de producción, o las tierras, o los bienes materiales, sino también las ideas, las imágenes del mundo, los símbolos. Todos ellos son, o pueden ser reclamados por una individualidad que, entre más sola está, más se aferra y atrinchera en los reclamos de lo que dice le pertenece, a ella y a nadie más que a ella, porque de lo contrario los contornos que dibujan ilusoriamente dicha individualidad amenazan con borrarse, y borrar lo que delimitan.

Todo eso es evidentemente lo que se juega en el tema del plagio: ahí lo que está en cuestión es el parecido, la semejanza, la asimilación, el temor a la suplantación y a la pérdida de sí; pérdida de la idea, del pasaje, del texto, del prestigio y del nombre.

Por ello no es pertinente reconducir los casos de plagio sólo a motivaciones puramente individuales. En la academia sucede lo mismo, y no porque de repente nacieran generaciones de profesores e investigadores predispuestos al plagio. Los requerimientos del mismo sistema académico empujan (y muchos, ciertamente, no ofrecen ninguna resistencia cuando son empujados: al contrario, solitos se arrojan hacia adelante con ese impulso) a la explotación de alumnos, por ejemplo, haciendo pasar sus trabajos e investigaciones como propios, o incluyéndolos en investigaciones sin el reconocimiento debido, o forzándolos a que pongan el nombre del profesor en ponencias, sólo por haberles dado una somera asesoría. Y es que, si los académicos no lo hacen, quedan marginados de los beneficios con los que se les recompensa por ello, y no sólo: a la larga pueden quedar completamente fuera en esa carrera que no es nada más por el reconocimiento, sino por la seguridad material.

Es a partir de estas consideraciones que valdría la pena replantear la cuestión, reconducirla a sus fundamentos económicos, políticos e ideológicos, si es que pensamos que, de alguna manera, todo eso puede ser finalmente subvertido. La intervención sobre ese síntoma que es el plagio no pasa por un trabajo de moralización de los individuos, sino por un trabajo de verdadera transformación de las estructuras de la sociedad.

Iglesia y herejía: el fondo económico y ético de las persecuciones religiosas en el contexto cristiano

Decíamos en alguna clase que, dentro del espectro del cristianismo, la Iglesia Católica es sin duda la más rica en tradiciones, en símbolos, en mitos y textualidades. Pero también la que, de modo incomparable, por el poder que ha logrado acumular y concentrar por siglos, carga con más mentiras, injusticias, aberraciones y muertes.

En la persecución de las llamadas “herejías” podemos ver un pequeño fresco de todo eso. Los valdenses, así como los husitas y los seguidores de Wycliffe fueron perseguidos, encarcelados y asesinados por cientos no sólo por cuestionar un modo de organización inmoral, sino sobre todo por la crítica a una forma de concentración de la riqueza situado en la antípoda no sólo del modelo de Cristo, sino de la realidad social de su época. Si la crítica hubiese sido sólo en el orden de la moral, y si el modo de vida que por contraste proponían, y que ganaba adeptos exponencialmente, no hubiera desafiado a un modo de organización económico injusto, seguramente la persecución no habría sido tan violenta e implacable como lo fue.

Como lo muestra la transcripción de las razones por las cuales se sometió a juicio a una secta de valdenses, se les condena no por otra cosa que por enunciar la verdad de la Iglesia de la época —las palabras son las de los mismos inquisidores; como dice Lacan, el emisor en realidad recibe su propio mensaje de manera invertida—:

Por haber hecho una alianza de herejía, y leer libros que contienen numerosos errores, se concluye: que no creen en la Santísima Trinidad; que el sacramento celebrado no significa nada para ellos; que Nuestra Señora ha tenido varios hijos; que los santos no están en el paraíso; que el monasterio no es más que un burdel; que la confesión no significa nada para un sacerdote; que el agua bendita no es más que un abuso; que han celebrado aquelarres durante los sábados; que la señal de la cruz no es más que una cruz, y que ésta no merece ninguna reverencia; que las misas de réquiem no son de ningún valor para los difuntos; y muchas otras herejías.

valdenses

(Una representación literaria de dicho ambiente puede encontrarse, por supuesto, en “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. De la cita: Robert Muchembled, (2000). “Historia del diablo. Siglos XII-XX”. México: FCE, 2002; p. 50).